TIENE TELA
Auge y finiquito de una tiranía
¡QUÉ INOCENCIA! El Tribunal Supremo mandó el jueves 27 a los señores Koldo y Ábalos a la puñetera cárcel. El lugar adecuado para dos individuos que han hecho de la prostitución un modo de vida, una política de harpillera, y un ladronaje vip y embaucador. Muchos dieron por hecho que el tirano Sánchez presentaría su dimisión o convocaría elecciones, pues estos dos ejemplares apologéticos eran –lo mismo que Cerdán– carne de su carne, y el alma de un proyecto regeneracionista más que la Generación del 98. La hemeroteca sanchunera los describe como si fueran los níveos heraldos que mandó el Señor para advertir a Lot y a los suyos que salieran de Sodoma y Gomorra sin mirar atrás porque su destrucción era inminente.
Nada de nada. Viendo en lo que se han convertido, este es un desmadre de ejecutorias folletinescas. Observen. Las televisiones del corazón «partío» hablan de los reos como si fueran los primos del Dioni; los obsequiosos oficiales de prisiones nos han descrito el kit de supervivencia con el que han sido recibidos, incluyendo una dotación de preservativos durex rojo sensitive; las cámaras nos han suministrado las imágenes eróticas de su camastro; sabemos que el pobre Koldo no ha podido dormir en la primera noche porque Ábalos, afectadísimo, no paraba de roncar; e incluso nos consta que Ábalos, con el mono de abstinencia, ya ha tenido su primer vis a vis. ¿Razones? Las lógicas: el puterío y el hurto nunca se recatan mucho.
Mejor dicho, nada. Así que a la hora de acotar porquerías, dejemos a la marrana en paz porque la inocencia aquí va sin bragas. España es un fiestón. La ciudadanía está justo donde el tirano ubica a sus pupilandios: en ese limbo de la inocencia que describe Anatole France –Premio Nobel de literatura en 1921– en su novela La isla de los pingüinos. Una parodia singular y descarnada sobre la imbecilidad humana, y de lo fácil que resulta conducirla al matadero: «para que un jovencito sepa lo que le corresponde, se le exige que no sepa nada». Un siglo antes de esta soflama pedagógica, la España de las «caenas» de 1827 –la Universidad de Cervera en concreto– lanzó su gran parida delirante y testicular: «Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir».
Textual y cierto. Lo que nos lleva a una pregunta ociosa en este momento donde el borreguismo estructural se cuela con la suavidad del norit: ¿en qué singular atasco de la evolución democrática nos sitúa el tirano Sánchez? En el de una tiranía degenerativa. Degenerativo es gobernar con los sucesores de ETA, cuyo blanqueo jactancioso –un cargo sanchista ha declarado que «Bildu ha hecho más por España que los patrioteros de pulsera»– supone asesinar dos veces: al cometer los actos criminales, y cuando los convierten en ejemplo. Degenerativo es pactar leyes con los enemigos de la unidad nacional, y también saquear la hacienda pública con puteros, sauneros y ladrones de artesanía, que todo lo que es lana lo transforman en un carajillo fino.
El colmo de la inocencia degenerativa es imaginar por la banda ancha que el tirano Sánchez nada tiene que ver con Koldo, Ábalos, Cerdán, García Ortiz, Begoña, David Sánchez, Otegi, PNV, Junts, y con las demás corrupciones políticas que hacen de España el paraíso del ladronaje como oficio: un robo cada cinco minutos, según revelaron los medios el sábado 29. Ni en las novelas ejemplares de Cervantes tuvo San Meneo, patrono del baile de san vito, tanto protagonista con perfil pinturero. Esto marca el auge de una tiranía que ha tirado por la roca de Tarpeya todos los resortes del estado de derecho con un fin: mantenerse en el poder. ¡Quién lo diría! Precisamente él, que prometió hace 7 años sacarnos de la corrupción para «gastar más y mejor».
Increíble, pero cierto. Toda esta purriela de sumandos cuchareros, delincuentes sostenidos, y personajes de opereta, no significan nada para el tirano que tiene una ambición desmedida: que todas sus tropelías quedarán sin castigo por el hecho de cometerlos en comandita. Lo amparan una batería de leyes injustas, y está refrendado por aclamaciones multitudinarias y por los trapicheos parlamentarios. Y aquí empieza el declive y finiquito de una tiranía. Esas fichas de recambio en el tablero de un poder totalitario –en el caso de Sánchez meras conexiones por cable o fibra óptica para alimentar al monstruo de Frankenstein– no son eternas, y dejan de funcionar por inútiles, por traiciones, o por el simple deterioro ético que señala Bertolt Brecht: «Cuando la hipocresía comienza a ser de malísima calidad, es hora de comenzar a decir la verdad».
¿Comenzarán a decir la verdad desde el trullo los señores Koldo y Ábalos? Gran principio de frivolidad. Parece un desiderátum que sugieren desde la inocencia más militante algunos ciudadanos que viven en babia, y que quieren que hablemos de ello como si fuera una meditación en este tiempo de adviento. La realidad, salvo algunas zarandajas que han soltado como púdica advertencia, a día de hoy, lunes 1 de diciembre, no tenemos constancia alguna de que vayan a hacerlo. De estas éticas tan sujetas al ajetreo del catre, dudó la mismísima Celestina: «Por ser leal, padezco mal». Quien de momento sigue en el meneo de las delicias es Junts, que ha renovado sus votos perpetuos con el tirano, y exige a Feijóo, en manifestación perpetua, que pida perdón, o se pegue un tiro en los pies. Qué pandilla de corruptos condecorados con la Gran Cruz de Carlos III.
En cuanto a mí, que sigo en mis trece, les deseo a todos ellos lo más delicado y poético: que les den una ampolla de Peramato con «cianuro» prúsico, o un begoño con farinato por el salvohonor del delenda este tyrannia.