TIERRA ADENTRO
Me tiro a la piscina
Ya sé que no es un título muy celebrado. Pero refresca. No quiero entrar en normativas, ni en el perfil del socorrista, ni en las cantidades mínimas de cloro. Ni de hongos. Ni de avispas que amargan el día. Me tiro a la piscina. Quiero hablar de la piscina como centro neurálgico de la alegría del verano. Dentro del trampantojo que genera cada año el milagro de la repoblación rural. Los pueblos resucitan en julio. Y en agosto. Y el día de la Virgen. Lo de la piscina parece algo sin importancia, pero la tiene, y mucho. Cierto es que nos dura poco la alegría porque a mediados de agosto viene el frío en el rostro. La piscina es la guardería más rentable para los chiguitos y lo más de lo más para los adolescentes. Hasta dejan el móvil fuera del agua. Los mayores se acercan al bar a mirar cómo se bañan los jóvenes. Ellos lo hicieron no hace tanto en el río. Hasta que la CHD mandó parar. La piscina tiene un olor especial. Y vienen de los pueblos de al lado. Se hace comunidad en traje de baño y, si me apuran, muchas veces son la única oferta gastronómica del pueblo. Es tanta la sensación de alegría y buen rollo que ofrece la piscina que, cuando se cierra y cada mochuelo vuelve a su nido de hormigón, la piscina vacía es pura tristeza. En muchos pueblos la piscina en verano es la oficina, el pleno consistorial, el reencuentro con los compatriotas en los que, dada su falta de ropa, vemos como pasan los años. A ellos y a ellas. En silencio. Es un mal negocio para las arcas municipales, pero bueno para la familia que lleva el bar, ofrece platos combinados, bocata de tortilla y panceta y paella de encargo. Esto no lo supera ni Ferrán Adrià. Y él lo sabe, me consta. Y los gin-tonics y el café con hielo saben distinto. Esas cotizadas bolsas de patatas para los críos. Y ese botellín, y esa caña de cerveza. Ojo que los bombones helados y las “frigorías” (de Frigo y Camy) te hacen olvidar el helado de aceite de oliva que nunca entenderé. Qué manía con deconstruirlo todo. Pero, volvamos a las pequeñas cosas que en tiempos de piscina alcanzan los más altos valores del placer humano. Puro sibaritismo popular. En la piscina pasa de todo: se baila, se celebran conciertos de noche, quintos y quintas se enamoran como es de recibo en verano. Y, además, es un servicio a la sociedad. A veces, en días de viento y calor, aparece el helicóptero entre olas y asombro para los bañistas. Los chiguitos no lo olvidan jamás. Y con su ruido ensordecedor, meten la cesta en el agua para salir zumbando a apagar fuegos. En algunos pueblos grandes rizan el rizo con parques temáticos del tobogán. Que no está mal, pero me quedo con la piscina del pueblo en la que nos bañamos los de siempre. Cada vez menos. Bendita sea.