Diario de Valladolid

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ES DIFÍCIL determinar con precisión en qué consiste exactamente la calidad de vida y, mucho más, establecer rankings de calidad de vida por países, Comunidades Autónomas o territorios. Pese a ello, el INE dedica parte de sus recursos a determinar cuáles son las regiones españolas en las que sus habitantes disfrutan de una mayor calidad de vida. Por mucho que quiera objetivizarse el análisis, resulta tan absurdo como innecesario este tipo de investigaciones en las que, más allá de lo puramente anecdótico, el componente subjetivo es tan determinante. Lo que es calidad de vida para uno no tiene porque ser para todos con independencia de donde se resida. Dependerá de cada uno y de sus aspiraciones y prioridades.

No obstante, el INE es capaz de afirmar que Castilla y León se sitúa en la décima posición por Comunidades Autónomas en calidad de vida colocándonos por debajo de la media nacional en salud, trabajo, gobernanza, derechos básicos o experiencia general de la vida.

¿Experiencia general de la vida? Pero ¿algún técnico del INE puede explicar cómo se mide con un mínimo de rigor científico la experiencia general de la vida?. O mejor dicho, ¿no tiene nada mejor que hacer el INE? No parece demasiado razonable dedicar tiempo y medios económicos en análisis que concluyen, por ejemplo, que Castilla y León ha empeorado en lo que se refiere a algo tan subjetivo como las relaciones personales o el ocio.

Da la impresión de que los problemas de Castilla y León como sociedad pueden tener que ver con indicadores más objetivos y relevantes que también tienen relación directa con la calidad de vida como es la evolución de la pirámide poblacional, el precio de los alquileres o el saldo vegetativo en nuestra Comunidad. Parece mucho más preocupante que, más allá de la percepción subjetiva de las relaciones personales o la experiencia general de la vida, en nuestra región el saldo vegetativo refleja que las muertes triplican a los nacimientos situándonos como la segunda peor Comunidad en cuanto al balance poblacional de muertes y nacimientos.

El problema es que nos hemos acostumbrado tanto a que el Gobierno nos diga lo que está bien y lo que está mal, lo que nos debe gustar y lo que no, lo que debemos creer, comer o decir, que ya nos parece normal que el INE nos diga también cuál es nuestra calidad de vida y el valor de nuestra experiencia general como personas. ¿Dónde quedó aquello del pensamiento crítico?

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