Diario de Valladolid
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Nada, que voy con la lengua afuera. Toda la puesta en escena de la política sanchista se resume en esta expresión tan española como golfa: atrapa y vámonos. Atrapa todo, absolutamente todo lo que esté a tu alcance: elecciones, legislaturas, leyes, presupuestos, tribunales, pasta gansa, corrupciones, el 11M con sus incógnitas por resolver, amnistías, y alipendes de cualquier pelaje. Hazlo a la velocidad del vértigo –tal y como sucede en un partido de polo donde todo se reduce a meter goles desde un caballo–, y de inmediato échate a correr porque la ocasión la pintan calva y la vista está.

Pero este sería el nivel olímpico, en el que el polo ventila y pone en juego sus reglas caballerescas y sus atractivos veloces. Nada de esto, señores míos. No estamos en Mongolia, ni en la India, y mucho menos en Gran Bretaña o en Argentina, donde el polo es todavía un deporte de élites y de pasionales competiciones, que refrenda la FIP, la Federación Internacional de Polo. No señor. Estamos en la España tramposa de Sánchez donde transgredir las normas es el deporte favorito del tirano. El atrapa y vámonos del sanchunismo no está en esos «chukkers» federados –así se llaman los espacios de tiempo de siete minutos que estructuran el juego del polo–, pues aquí tiene sus propias reglas.

Lo suyo es hacer chukkers y más chukkers fuera de juego y sin espacio de tiempo ni siquiera para que descansen los pobres caballos, contraviniendo así el más elemental articulado del maltrato animal al que es tan adicto, según dice y legisla. Hay una razón táctica. El tirano juega al polo desde su falcon. Este es ya un deporte tan altísimo que no admite componendas. Va en el sueldo que le pagamos entre todos nosotros tanto para ir a un concierto a Benicássim, a la boda de su cuñado, o para plantarse en Brasil mientras aquí votan su amnistía. Lógico. Desde esas alturas siderales, como le dijo Sancho a don Quijote –II, XXXI– «a buen salvo está el que repica».

Y tanto. Desde ahí arriba todo se distorsiona y se oye como en un eco o como en un ronquido del orbe. Y claro, entonces sucede de lo que sucede: que el atrapa se convierte en un atraca, y el vámonos es lo más parecido –por aquello de las turbulencias– al baile de san Vito Corleone. Para que comprendiéramos estas mutaciones tan milagrosas y ejemplares, nos contaba míster Freud –así llamábamos a don José, que era profesor de psicología en la facultad– esta historieta que él contaba como un chiste, y que a lo mejor lo era, pero que a nosotros nos sonaba a real.

Resulta que don José era director de un psiquiátrico, y un buen día tuvo una ocurrencia tan genial como todas sus clases. Propuso a la loquera en bloque un concurso literario. Ganaría el certamen quien se inventara el título más original y el texto más visionario. El éxito fue rotundo. Lo ganó un psicópata profundo y desmadrado –al que los internos llamaban La Milagrosa– con un trabajo titulado «El trote de los caballos». El contenido –desde la página 1 a la 65– fue, lógicamente trepidente, «ostentóreo», intensivo y galopante: «trocotró, trocotró, trocotró, trocotró, trocotró, trocotró»... Un texto que coreó todo el psiquiátrico como un himno al Santísimo Sacramento.

O sea, lo más parecido a Sánchez en estado puro. ¿Qué es la amnistía, a la que hemos llegado el jueves pasado, sino un trocotró-trocotró al galope de atrapa y vámonos? Se trata del cableado de uno pirómano loco, llamado Frankenstein, que ha pergeñado él solito –con la ayuda, claro está, de una oposición desnortada que no cree en su misión salvífica pero que colaboraba en ella con acciones y con omisiones muy puntuales y desastrosas–, y en un tiempo record.

En menos de cinco años –y poniéndose por montera la moral, la ética, las leyes, la verdad, la lógica, la nación, la democracia, las instituciones, y a los españoles–, nos hemos despertado con la amnistía entre las sábanas. Y eso que filósofos tan sensatos, como José Antonio Marina entre otros, nos lo venían advirtiendo: los españoles «necesitamos una vacuna contra la estupidez». A esta vacuna, desgraciadamente, ya llegamos tarde. Como si fuera una mascarilla fake de Koldo y de Ábalos en comandita sanchista, se la ha llevado de calle el tirano con su trocotró-trocotró de atrapa y vámonos.

La amnistía es algo más que un proceso que se veía venir. Es la derrota más calculada, ecuestre y portentosa de la democracia española, que ha demostrado en toda sus extensión una infantilidad –nada de fragilidad como se dice por ahí– progresiva y recalcitrante. No sólo se aprobará en poco tiempo, sino que de inmediato vendrá, como acaba de anticiparnos Puigdemont, lo más evidente: la autodeterminación, el secuestro definitivo de la Constitución, y el fin de la igualdad, porque «esto va a tanto la pieza» y al trocotró-trocotró del atrapa y vámonos.

¿Las cuentas? No se hagan ilusiones. Ya están echadas desde hace tiempo, y para el tirano es cuestión de coser y cantar. Si lo duda, dese usted mismo un garbeo por el metro de Madrid, salga en la estación de Tribunal –llamada así porque ahí precisamente se ubica la sede del Tribunal de Cuentas–, y verá en la escalera mecánica la explicación más espectacular de lo que es un chukkers de polo impreso en anuncios de azul prusia: «¡Hola! ¿Conoces el Tribunal de Cuentas?»; «Controlamos el gasto público, tu dinero»; «Trabajamos para ti»; «Somos independientes»; «Queremos las cuentas claras», «Conócenos en 90 segundos». Textual. Tan textual como los más de 700 millones que ya han blanqueado al sanchismo en un trocotró-trocotró de atrapa y vámonos. Nada, que en este 11-M tan nefasto, voy con la lengua fuera trocotró-trocotró-trocotró.

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