Diario de Valladolid
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PENÚLTIMA jugarreta. Aunque diga el tirano Sánchez que la legislatura acaba de empezar –tan cierto como que los escarabajos peloteros tosen–, y que le quedan 4 años de mandato omnímodo, la realidad es otra. Ya no puede gobernar sólo con terroristas, golpistas, ladrones, traidores, okupas, con potencias extranjeras lideradas por Putin, con un Frankenstein que tiene todas las terminales oxidadas, y con una ralea nariguda y pantagruélica que sólo depende de los cambios climáticos y de la agenda 2030.

Así que cierto: le queda la penúltima jugarreta. La penúltima, pues la última no es otra que la paz de los cementerios. ¿En qué consiste la perrería? En una simpleza de cajón: pensar que de noche todos los gatos son pardos, y que todos los pardillos nacionales e internacionales le ponen la guindilla o se tragan las sopitas de ajo que él condimenta. Así que, con los dedos cruzados, está jugando Sánchez al quirrial –o al descojone como dicen en mi pueblo cuando uno usa el zumbel sólo para hacer ruido– con una debilidad intrépida muy arriesgada: yo duroduroduro, tú duraduradura, a ver quién de los dos se lleva el alipende a la cazuela.

Jugando al quirrial lleva desde la moción de censura –Junio de 2018– hasta el día de hoy. Demasiado. Pero ya las partes en litigio lo van teniendo claro. Nada de ideologías, nada de fascistas contra progresistas. Este cuento chino ya lo sentenció El Quijote –en II, 43– de esta manera sensatísima: que no, hombre, que no, «que el andar a caballo a unos hace caballeros, y a otros caballerizos». Pues esto es lo que hay, señoras y señores: que Sánchez como gobernador supremo y dictador sanchunero en democracia cabalga, cabalga y cabalga, y los demás en progreso derechitos al infierno.

Pero este chicle revenido no da más de sí. Cada día que pasa el capón del gallinero sale con menos plumas en la testa. La amnistía se está convirtiendo para la tiranía sanchuna en una auténtica pesadilla. Lo que imaginó como un paseo triunfal –que como mucho tuviera las mismas consecuencias que sus indultos–, se está convirtiendo en un revulsorio. En una auténtica línea roja en la que la degradación del tirano ya no hace pie y no admite más complacencias desde el gineceo. Únicamente soporta, legisla y amnistía, a terroristas y ladrones. Ya sólo persigue a los constitucionalistas y a los seguidores de la ley: a jueces, a las fuerzas del orden con dos muertos el viernes en Barbate, a los agricultores que reprime, y a los ciudadanos que no tragan. Una diana franca que se perpetra en el Congreso y que acaba en el BOE.

Ante esta línea roja, de la que habla ya todo el mundo en España, en Europa, y en el mundo, no caben opciones: o tragas o no tragas. Una cuestión que él vende como baladí, pero que no es nueva en la larga historia del tiranicidio que ha soportado la humanidad entera. Sánchez, como tirano verde y de inteligencia artificial, todo lo reduce a una cuestión de desgaste, de «manual de resistencia», de laminar al oponente, y a soltar a Othar por la piel de toro –así se llamaba el caballo de Atila– para que no vuelva a crecer la hierba democrática. Toda una dialéctica tiránica que se basa y se explica con una premisa mayor –así se llama en filosofía la parte mollar de todo argumento teórico– que consiste en llevar a la gente hasta la línea roja del hastío como arma letal.

Este es el meollo de la cuestión. El hastío –lo que llaman los filólogos asco y repugnancia– viene de lejos y procede del latín «fastidium». Se trata es una enfermedad típica de los tiranos, que los clásicos formalizaron en una realidad categórica: la de los «hastiosos». Llamados así porque siempre tenían dolor de estómago en cuando veían a un hombre libre paseando por el foro, perorando en el senado, o arando la tierra. Se inventó para esos tiranos un modo de ser: el de vivir «hastiosamente». O sea, vivir la tiranía con hastío, con repugnancia hacia las libertades ciudadanas.

El colmo de esta náusea contagiosa se encarnó, por su degradante progresismo, en Calígula: ese muchachito aberrante que se enamoró de su caballo y lo nombró cónsul. Cuentan las crónicas que el «botita» –eso significa Calígula–, en una ocasión, invitó a cenar a dos cónsules para demostrarles su instinto básico y reírse en sus barbas. Al verlos tan encojidicos y constitucionalmente «disminuidos» o «discapacitados», se meó de risa. Uno de ellos –lo que ahora llamamos chanquetismo complaciente o feijóoyismo al pil pil– preguntó con la venia: «Divino emperador, ¿qué os provoca tanta hilaridad?». Y la bestia negra contestó sin titubeos: «por lo que bien imagináis: que con una sola señal puedo cortaros la cabeza».

El hastío del tirano Sánchez no es más sutil que el de Calígula. Su resentimiento, eso sí, es de origen freudiano, y se basa en el bloqueo sistemático de todo tipo de afectividad, hasta revolcarse en la barbaridad legal más siniestra. Y aquí no conoce líneas rojas, porque tanto la premisa inicial, la mayor y la conclusión, dependen exclusivamente de su cesárea sanchunidad. Del mismo modo que a él se subordinan la Fiscalía, el Tribunal Constitucional, el Consejo de Ministros, el Partido, el senado y el pueblo de Roma, las tractoradas, los Goya, el pirulí de la Habana, y el insulto de TVE que llama «zorras» a todos, todas y todes.

Y es que Sánchez, aplica con rigor este principio de Voltaire que usurparon como línea roja los tiranos de la modernidad: «Conviene siempre esforzarse más en ser interesante que exacto; porque el espectador lo perdona todo menos el hastío». ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia y dejarás de ponernos en el pescuezo esa «botita» de tirano psicópata y pervertido?

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