Diario de Valladolid
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Redacción de Valladolid
Valladolid

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De igual modo que ante la enfermedad formulamos la búsqueda de soluciones curativas, ante la despoblación de las zonas rurales de Castilla y León han de latir las propuestas del análisis dirigido a contextualizar las genuinas razones que la provocan. Frente a ella, se ha de intervenir con contundencia y rapidez. Pero eso vuelve a ser teoría, o sea, exploración literaria del fenómeno que se agudiza aceleradamente y que ha llegado a su culmen.

Llevamos años hablando, disertando sobre esto, escribiendo y evaluando la pérdida de habitantes de nuestros núcleos menores y del preocupante descenso de población en cientos de ellos. Supone, por lo tanto, un problema que no solo ha de plantearse aquí, y que de ningún modo nos consuela. Este es el diagnóstico: Pérdida de población y abandono de los pueblos.

Si se tratase de la enfermedad que comenzaba diciendo, seguramente, sería diagnosticada de muy grave y el equipo médico se hubiera puesto manos a la obra, con el propósito de sanarla.

Nosotros ahora, ante la incertidumbre de que el abandono continuo de los pueblos ha llevado a que se vacíen y queden, tan solo, como meras referencias de lo que fueron. Como parques temáticos donde los veraneantes oriundos – mientras sigamos existiendo – pasamos apenas quince días en el mes de agosto y a muchos de ellos, les molesta, incluso, la actividad cotidiana de los que lo habitan durante el resto del año. Quizá seamos los últimos veraneantes porque a los que vienen detrás de nosotros les importa un bledo. Esta es la cruda realidad. Por ello el problema se agudiza situándose en estado latente, ya que en los últimos diez años se intensificó y solamente han quedado jubilados que se han ido muriendo. ¡Compleja tesitura!

Tenemos obligación y, afortunadamente, propósito de intentar que la situación remita y que muchos de nosotros, de los que predicamos sin dar trigo, nos inmiscuyamos tanto en el asunto que resolvamos vivir en esos núcleos, con el ánimo de que puedan revitalizarse.

Pero hemos de analizarlo todo, naturalmente. Hemos de esgrimir la teoría para aplicar la práctica y hacernos, inicialmente, las preguntas necesarias tendentes a confluir en la verdad de todo el panorama.

¿Se puede y se debe repoblar? ¿Quiénes serían los candidatos potenciales para una repoblación? ¿Es políticamente correcto, simplemente plantearlo? ¿Quizá familias especialmente en edad escolar? ¿Familias que de un modo más sencillo se acomodasen al entorno? ¿Profesionales dispuestos, desde el sentido de la permanencia y con un mínimo de tiempo decidido?. El lugar elegido, es decir, el pueblo, habría de ofrecer, lógicamente, una serie de oportunidades para ser repoblado, eso quiere decir que la adecuación y su puesta en escena habrían de engendrar beneficios a quien allí acudiese con intención de permanecer. Pero todo sigue siendo teoría.

La administración que se precie, la que tenga pretensión real y posibilidad de contribuir a que algunas de nuestras poblaciones permanezcan habitadas, ha de esbozar su recuperación y eso, sí sería pisar la realidad. La realidad que proclamo no pasa jamás por subir los impuestos en las zonas rurales para igualarlos a los que se recaudan en núcleos con muchos habitantes. Tampoco por las trabas que se imponen ante la posibilidad de apertura de un nuevo negocio, cuando ya no queda alguno. Tampoco con las exigencias que señalan tantas normas que adolecen del sentido común desde que se legislan y, eso quiere decir, que a quienes piensan en la posibilidad de irse a vivir a una zona rural ha de facilitársele la vida, haciéndola sencilla y aquí encaja ese rasgo efervescente que hace diferentes unos núcleos poblacionales de los otros.

En alguno de los pueblos de que tengo referencia - y no voy a singularizar ahora - los impuestos, ya se han multiplicado por cuatro y por cinco en los últimos años y eso impide que quienes deseaban permanecer, por lo que suponían las ventajas de una menor carga fiscal, ya no lo contemplen. Por lo tanto, hemos de reflexionar sobre todo lo que ocurre, para que pueda abrirse una humilde ventana que aspire a la contemplación de nuevos horizontes.

La rehabilitación de los edificios que representan los diferentes modos constructivos en Castilla y León y que conforman una amalgama de culturas, ya no se miran desde esos prismas emocionales y simbólicos que fueron identificativos, porque aplicando los vigentes códigos de la edificación hacen inviable o complejísima su recuperación.

Hemos de ser persuasivos y actuar con mano izquierda, evitando que quienes heredaron y forjaron esos modos de vida puedan caer en la tentación de arrinconar el legítimo pasado y con él nuestros pueblos.

Permanecer en un pueblo es realmente complicado y si no se habilitan circunstancias que tiendan a abreviar tantos inconvenientes, hemos de olvidarnos de buscar soluciones.

Resolvamos la duda de una vez por todas. Analicemos de una vez si es realmente posible o no, mantener vivos nuestros pueblos. Intentémoslo con cinco o seis de cada una de las provincias de nuestra comunidad trazando un plan piloto y nos daremos cuenta de, si el proyecto funciona. Que el viejo refrán que dice que quien hace un cesto hace ciento puede darnos la clave teniendo aplicación aquí. Sabríamos a qué atenernos y sabríamos que somos capaces de poner en marcha un pequeño número de núcleos poblacionales ahora en declive.

Hemos de arriesgarnos. Hemos de experimentar, que experimentando se lograron curar la lepra y la tuberculosis y también parecía que no tenían solución.

No somos ni seremos los únicos que proponemos ideas, que los viejos reyes de los reinos de León y de Castilla ya repoblaron hace siglos y consiguieron poner en marcha comarcas absolutamente deshabitadas y entonces funcionó. Yo mismo soy maragato y por lo tanto descendiente de una de aquellas repoblaciones.

La cultura, el patrimonio cultural heredado han de ser referentes para que junto al sector turístico puedan recrear el gran museo, impresionante y magnifico, el que pervive acunado por los siglos en nuestro extenso territorio. La industria agroalimentaria fortalecida con las inmejorables materias primas, son, igualmente, apuestas muy seguras para que muchos de nuestros pueblos puedan recuperarse.

Estamos, realmente, ante un cumulo de tesituras muy complejas que vaticinan el nuevo planteamiento vital y emocional ya que incluso, en nuestro tiempo, hay agricultores y ganaderos que ya no residen en el mismo municipio en que tienen sus explotaciones. Eso quiere decir que los cambios se suceden de modo que nuestros planteamientos se hacen complicados.

Acertemos en las respuestas porque hemos de hacerlo, ya que si no lo conseguimos, cuando los pueblos más pequeños se hayan despoblado llegará el turno a los medianos y después, las cabeceras de comarcas no tendrán función de cabeceras, con lo que las villas y ciudades quedarán al albedrío incierto de convertirse en islas rodeadas de despoblación.

No pinto un panorama sin remedio, pero si preocupante, ya que convivo y participo plenamente en un pequeño municipio de la provincia de León y compruebo con tristeza lo que viene ocurriendo.

Deseo poner énfasis y un nuevo significado representativo de lo que ocurre en nuestro entorno y propongo la mejor voluntad para que seamos capaces de dar una respuesta.

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