Diario de Valladolid

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EN TIEMPOS de Alfonso XIII, gobernando Canalejas, nació la Comisaria Regia de Turismo. Entre otros cometidos, crear una red de alojamientos/albergues que dotasen de infraestructura hotelera a lugares donde la iniciativa privada era impensable. Y acertaron. Los paradores toman el nombre de las ventas de carretera y descanso de arrieros en los caminos del siglo XIX. Un espíritu que sirvió para rehabilitar monumentos y atender a los viajeros que visitaban aquella España en blanco y negro.

Cien años después ahí siguen, saltando de la Monarquía a la República, de esta, a la Dictadura e instalándose en la Democracia con absoluta vigencia. Alguien habló de privatización. Sería injusto prescindir de establecimientos que fueron claves, y aún lo son, en el turismo español. Pocos saben que este formato de hoteles tutelados por el Estado es único en el mundo. Tenemos la suerte de decir que es nuestro. Todavía. Los paradores tiraron de las zonas turísticas, sembraron para que naciera la oferta hotelera. Con una imagen de autenticidad que algunos se empeñaron en tildar de trasnochada. Se equivocaron. Sus muebles, uniformes y cocina tradicional son añorados por muchos. Tiene ese aire vintage. No olvidemos que alguien tendrá que salvaguardar la cultura local entre tanta multinacional metida a estación de servicio en carretera, cadena hotelera de élite y colorín y hotelito con encanto y trampantojo de jardín y burbujas. Que, por cierto, en menos de veinte años desaparecen y cambian de dueño y rumbo. Es mucha la aportación de los paradores a la economía cultural de este país. Son el arcano del recetario de cocina de toda la geografía nacional.

Estos días se ha demostrado en La Bañeza, donde la ‘espina dorsal’ de Paradores, la asociación de cocineros de la red –el mayor colectivo profesional de este país– celebró su XXX Asamblea con un mensaje: «Somos parte de la cocina española y podemos aportar mucho más». La Fundación Conrado Blanco capturó para siempre en una publicación el recuerdo del Albergue Escuela del Parador de La Bañeza que, incomprensiblemente, cerró sus puertas en 1977, tras formar a cientos de cocineros y camareras. Fue un despropósito, tanto como el que el Parador de San Marcos, santo y seña de la red, deje, con su cierre continuado, a León sin su mayor valor cultural y hotelero. Para reflexionar sobre ello, os invito a visitar Añoranzas del Albergue la exposición en la Sala Azul de La Bañeza sobre esos cocineros que levantaron España en silencio mientras los demás comían.

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