Diario de Valladolid

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«LAS ALTAS torres de la capilla, cuando en la tarde las dora el sol, son habitadas por mil palomas que allí fabrican nidos de amor/ Los pichoncillos arrulladores, forman en grupo de dos en dos, abren sus picos, baten sus alas y se remontan a otra región (…)». Trazos de una habanera que la cálida voz de María Salgado canta como si saliera el son de una caracola recién llegada de Cuba… Y es que las habaneras en Castilla están vivas porque se hizo realidad aquel sueño de una noche mayorgana del verano del 93 que tuvieron Carlos Maniega y Teresa Pérez, musa de nuestro arcano habanero, ante la mirada y el fino oído de Joaquín Díaz.

Aquí sí que la nostalgia y la melancolía puede campar a su albedrío. Amores y partituras cuelgan ya del tendal de la memoria. La letra está a salvo. La música nunca muere. Pero los pichones y nidales que la inspiraron en el mar de las espigas corren el riesgo de desaparecer para siempre sin una mala pinza que las proteja del vendaval que se avecina. Antaño veíamos venir la tormenta. Un cielo cenizo y amenazador preludiaba la tragedia que arrasaba la cosecha. El campanero avisaba con el toque a nublo. Estoy a punto de subir a una de «las altas torres de la capilla» y tocar uno nuevo: «A palomina» para avisar que los pichones «se nos van a otra región». La falta de cohesión, mal endémico, está impidiendo que el pichón y el palomar se conviertan en una fuente de riqueza y futuro, al menos en Tierra de Campos donde son iconos de su cultura tradicional. Siento rabia ante la ruina y abandono de los palomares. Aquellos que se tragó la tierra cumplieron su destino. Pero claman al cielo los que enseñan sus nidales entre las ruinas.

No hablo de consumo familiar, ni de palomar musealizado. Sacudo el badajo con fuerza por una declaración del palomar como patrimonio inmaterial de la Humanidad, y por una mención alimentaria de calidad para el pichón/palomino que deberá producirse en granjas y con mataderos propios. Me constan los esfuerzos de grupos de acción local, diputaciones, ayuntamientos, asociaciones y fundaciones. Muy bravíos todos pero cada uno a su bola. Patrimonio e Itacyl, tienen en sus manos la solución: cohesionar a todos para defender el paisaje cultural e impedir que los pichones se nos vayan «a otra región» en busca de una figura de calidad. Me lo contó hace unos días una paloma mensajera que me pidió que se lo hiciera saber a dos mujeres, que además son consejeras. Hecho.

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