Un Mozart en la partitura blanquivioleta
El debutante más joven de la historia del Real Valladolid vivió como jugador el ascenso a Primera y la celebración de la Copa de la Liga / Anotó el último gol que celebró el viejo Zorrilla

Gail posa con la camiseta delRealValladolid en los Anexos de Zorrilla. A la izquierda, imagen del último gol celebrado en el viejo José Zorrilla.-PABLO REQUEJO
Cuentan los escritos que Wolfgang Amadeus Mozart compuso con cuatro años pequeñas obras musicales. El músico aprendió a escribir música casi antes que su propio nombre. Su talento le convirtieron en un paladín de la precocidad. Cada lugar del mundo tiene a su propio niño prodigio, JASP (Jóvenes aunque sobradamente preparados), como popularizaba un famoso anuncio de los 90. El de Valladolid compuso su mejor sinfonía con el balón en los pies, lo hizo con la misma habilidad con la que Amadeus la Marcha Turca. Su nombre: Luis Miguel Gail.
El pequeño campo del Instituto Zorrilla, donde iba a ver jugar a su hermano, fue la primera partitura en blanco de Gail, para el que su físico fue un aliado. Su categoría se le quedaba chica a un niño más alto que los demás que llamó pronto la atención del Real Madrid, que le reclutó para la causa blanca siendo infantil. Su estancia en la capital fue breve. «Echaba de menos Valladolid y a mi familia. Hablé con Miguel Malvo y se lo expliqué. Me dijo que podía volver sólo si jugaba en el Zorrilla un año y volvía el siguiente», recuerda el exfutbolista. El tren no tuvo billete de vuelta. Fernando Redondo le llamó tras un partido. Al día siguiente Ramón Martínez y Santi Llorente estaban en su casa para pintar líneas violetas a su casaca blanca. «Me convencieron de fichar por el Real Valladolid. Devolvieron todo el dinero que el Real Madrid había ingresado ese tiempo en la cuenta de mis padres. Estoy convencido de que fue la decisión más acertada», admite.
La apuesta hecha en Zorrilla fue ganadora. Tanto, que Paquito le dio la alternativa cuando su reloj vital marcaba 16 años, 8 meses y 16 días. La victoria 4-1 ante el Zaragoza marcaron dos puntos en el casillero del Real Valladolid y un hito que aún hoy no ha sido batido: el del jugador más joven en debutar. «Lo peor fue el día anterior. Tenía que estudiar y estaba nervioso. En el campo los nervios ya no existían. El vestuario era envidiable y me dijeron que jugara como sabía». Así lo hizo. El seis de noviembre hará 41 años de un día inolvidable para Gail.
El primero de los 35 goles que anotó con el Real Valladolid no se hizo esperar. En diciembre del 77 superaba a Paco Buyo para dar la victoria a su equipo contra el Deportivo de la Coruña. Sin embargo, ninguno fue tan especial como el que anotó a Basauri (meta del Osasuna) el 7 de febrero del 82. Él, y no otro metió la cabeza, para dejar la última firma que aplaudió el viejo José Zorrilla. Su relación con el gol fue una historia de amor que le convirtió en el máximo artillero del Real Valladolid el año de su regreso a la Primera División, una línea que el exfutbolista subraya con rotulador dorado en su álbum de recuerdos:
«El club llevaba muchísimos años en Segunda División. Aunque fue más histórica la Copa de la Liga, para Valladolid fue todo un acontecimiento», recuerda. Y eso que fue Eusebio Ríos el que tuvo que informar del ascenso después de hacer números en el vestuario. Era tiempos en el que la información al minuto eran material para la ciencia ficción.
Gail vivió la edad de oro. «La década de los 80 fue genial. La gente disfrutó con el Real Valladolid», un club que llegó a exportar su talento a la selección española. Sin ir más lejos, el atacante formó parte del combinado nacional juvenil, con el que disputó un Europeo y el Mundial de Japón, en el que coincidió con un jovencísimo Maradona.
El vallisoletano formó parte de la histórica foto de la Copa de la Liga, «un trofeo que sólo tiene el Barcelona, el Real Madrid y nosotros», recuerda. «Para nosotros fue apoteósico, pero ya lo era jugar la final contra el Atlético de Madrid».
Tras nueve años de goles y gestas la vida facturó sus maletas hacia Sevilla. Minguela y Gail entrenaban en el Pinar mientras sus compañeros se concentraban en Suances. En Cantabria, Vicente Cantatore montó en cólera cuando se enteró de que ambos vestirían de verdiblanco. El club, para evitar la carta de dimisión del chileno, le dejó elegir uno y el técnico optó por Minguela. «Yo quería quedarme. Me quedé apesadumbrado, porque pensaba que iba a acabar aquí mis días, pero luego estuve encantado en Sevilla».
Una rotura en el tendón de Aquiles puso el punto y final en el pentagrama de Gail. Los banquillos fueron el segundo acto de su obra. Cantatore (que posteriormente se le llevaría al Sporting de Lisboa), un hombre justo, le devolvió a Zorrilla en la 96-97 con el rol de ayudante en un equipo que consiguió la clasificación para la Copa de la UEFA. Una muestra de que un hogar siempre está abierto para el que perteneció alguna vez a él. No fue la última nota que tocó Gail en el estadio vallisoletano. Tras pasar por Sabadell o Xerez, el exjugador volvió a casa una vez más para llevar al juvenil. Ahora, sin olvidar del todo los banquillos, Zorrilla es un banco desde el que mirar el fútbol: «Pasar por Sevilla me hizo tener un sentimiento hacia tu equipo. Eso me ha quedado marcado. Cuando voy a Zorrilla voy a ver a la camiseta del Real Valladolid, no a los jugadores, porque los jugadores pasan, la camiseta no», como tampoco pasan de moda los recuerdos que Gail dejó sobre el césped pucelano.