Diario de Valladolid
Javier Pérez Andrés

Javier Pérez Andrés

Las tres ‘pes’ de la despoblación

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SEÑORES políticos con disfraz de pueblo por un día, sociólogos, sindicalistas, agraristas y ruralistas, agentes de desarrollo rural, ruralistas de última hora y agraristas de toda la vida de Dios…, dice madre que dejéis de marear la perdiz y que toméis cartas en el asunto sobre qué va a pasar con los pueblos. Y sobre la preocupación de Europa, del Gobierno de la nación y de los partidos políticos sobre la despoblación sentencia: «¡A buenas horas, mangas verdes!». Madre, que es sabia, no por la edad sino por ser madre, dice que esto se arregla con las tres ‘pes’. La ‘p’ de paso: «Dejad pasar delante a los jóvenes, que tomen las riendas de todo». La ‘p’ de peseta (no le entra lo del euro): «Financiad con holgura y arropadles económicamente para que emprendan (como se dice ahora), se queden y tengan chiquitos». Y la ‘p’ de piso: «Abridles casa gratis para que vivan en el pueblo». Madre lo ve muy sencillo: paso, peseta y piso.

El manejo de las letras es herencia familiar. Mi abuela Teófila, maestra y terracampina, decía de la ‘p’ que era la decimoséptima letra del abecedario del idioma español y deletreaba la ‘p’ de «pobreza» de espíritu, que ahí seguimos. Claro que yo le digo que su generación tiene su culpa; nos echaron del pueblo, nos dijeron que no había futuro. De aquellos vientos viene hoy la tempestad del desierto. Y todavía ellos, los mayorines, los que hoy se lamentan de su soledad rural, en el fondo no acaban de asimilar lo de ser universitario y a la vez ganadero y agricultor o abrir oficina, despacho, estudio y taller en el pueblo.

En ello estamos, por fortuna. La generación de madre recuerda la llegada de la cosechadora y el adiós a las segadoras. La inauguración de la cooperativa, las escuelas de niños y niñas y aquel tiempo en que los quintos se pegaban por llevar las andas de la tradición y se levantaban silos enormes, hoy fantasmas del paisaje. Me pregunta madre: «¿Tú crees hijo que eso del turismo, los pájaros y el andar por los caminos es la solución?». Ya ni me atrevo a opinar sobre ello. No le contesto. Porque lo de la despoblación empieza a ser ya una esas grandes palabras convertidas en losa fea y fría, en un problema de difícil solución y en una tragedia anunciada. Sin filosofía. Sin poesía. Madre insiste: «Hijo, ¿tú crees que lo de Internet puede solucionar algo para que aguantemos unos años más?». «Cuando llegue a todos los pueblines, puede», le contesto.

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