Los últimos segadores
ACUDO a la «intrahistoria» unamuniana de esa tierra cerealista para recordar esa secuencia, que se prolongó durante siglos en aquel mundo de segadores gallegos, agostos incendiarios, nublos desgarradores y silencio. Sudor de obreros y temporeros. Sonrisas de amos con relojes de cadena en el bolsillo del chaleco de paño negro.
En aquel tiempo, los poetas cantaron a las espigas, los padres de la patria y sus escribanos llenaron graneros de grandilocuencia para dar de comer a toda Europa. Y los pinceles, siempre los pintores, nos dejaron un lienzo documental mucho antes de llegar la fotografía. El pintor suplantó al cantero que dejó de escribir y describir en las arquivoltas y en los canecillos, entre otras, las estampas medievales de la mies y de la espiga, del trigo y del molino.
Y así comprobamos cómo una vieja estampa de mieses, carros de heno y botijos se detuvo en el tiempo durante siglos casi inalterable hasta que después del trillo llegaran las agavilladoras, y las aventadoras que fueron la avanzadilla de la cosechadora, esa máquina infernal que trabaja hoy de día y de noche y que fue la que mató al segador, y encima arranca los trigos y las cebadas sin sudarlas. Fue el primer peldaño de la despoblación.
Pues bien, quiero reivindicar esta cultura tradicional que tanto inspiró al dulzainero y el cancionero popular que logró lo imposible: que se cantara y danzara con alegría en un ambiente de trabajo duro, sudor, hambre y necesidad. Bendita música con voz de mujer, de mozo y de chiguito. Me fascinan las recreaciones históricas –más de cien este año en la región– aunque la DGT que gestiona nuestra web de turismo sigue sin enterarse. Están con sus cifras, estadísticas y tal y tal. Me parecen algo extraordinario esas recreaciones hiperrealistas de una cultura popular como la de la Fiesta de la Trilla en un pueblo de Palencia que se llama Castrillo de Villavega. Documento vivo a la intemperie. Con la cortina abierta y el portón del corral de par en par, sin trampantojos. Posiblemente uno de los pocos lugares en los que cada año las nuevas generaciones pueden leer sin papel y sin pantalla digital los renglones del arado, ver las últimas especies de animales en extinción (mulos y burros) y comprobar que las hoces, las espigas y los hombres encorvados existieron, y que los últimos segadores se merecen un respeto tanto como Carlos V y su corte de verano.