Diario de Valladolid

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Los Conjuntos Histórico Artísticos son joyas del territorio. No necesitan concursos que ensalcen su belleza. La tienen por su ‘adn’ y porque se salvaron de la piqueta gracias a su catalogación. Castilla y León cuenta con un rosario de perlas de incalculable valor. Hasta aquí todo bien, aunque no estén todos los que son. Cuestión de criterios de selección del sanedrín de Patrimonio. Pero no todos disfrutan de la gloria merecida y de la atención mediática. Solo pongo unos ejemplos, aunque hay más, pero no es hora de recuento, por ahora. Ahí van: Rello, en Soria; Monleón, en Salamanca; Bonilla de la Sierra, en Ávila; Támara de Campos, en Palencia; San Cebrián de Mazote, en Valladolid; Lois, en León; Fuentidueña, en Segovia; medio Sayago, en Zamora; y Haza, en Burgos. Todos son arcanos de la historia de España. Insisto en el hecho de que son unos ejemplos, a vuelapluma, pero están olvidados de la mano de Dios. Sí, ya sé que se ha intervenido en los edificios, pero esa no es la cuestión. Insisto: están arrinconados y con un padrón desintegrado, sin acciones que levanten el ánimo ni generen beneficio ni riqueza, como sí sucede en Covarrubias, Castrillo de los Polvazares o La Alberca. Está claro y lo ve cualquiera que los haya visitado, aunque me temo que pocos. Estos pueblos agonizan en medio de estadísticas, cifras y millones de visitantes, que eclipsan realidades como las señaladas y contentan a todos, incluida la oposición, que no se entera porque tampoco viaja. Mal endémico de una sociedad de cemento armado.

Mi particular listado apenas cuenta con una oferta de alojamiento y sigue sin una hostelería estable para ofrecer, al menos, un menú diario. También carece de agenda cultural, o bien la que tiene es pobre o distante, sin apenas alcance provincial. Incomprensible que nadie busque fórmulas para atenderlos, para incentivar y financiar infraestructuras ‘humanas’ sólidas, no las del guía turístico en el estío. Porque el verano, como la nieve, disimula la realidad rural. Patrimonio –es decir, los técnicos que gestionan el inventario que nos sitúa en el ranking nacional en BIC– no tiene la culpa. Sabemos que, en las últimas dos décadas, se han hecho acertadas intervenciones: las hemos pagado entre todos. Me refiero a un planteamiento político más rotundo, que ponga el puntero donde se necesita y que actúe en pueblos que son valiosas perlas del collar, aunque olvidadas de la mano de Dios.

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