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HOY es Villalar, la fiesta de Castilla y León. Hay que remontarse hasta 1521 para encontrar la (supuesta) razón de esta celebración. No se trata de poner en duda la existencia de aquella batalla (o escaramuza según mi profesor de Historia de bachillerato), si no de plantearse la idoneidad del motivo. Es cierto que para quienes más oposición hubieran podido mostrar a cualquier fecha, el hecho de que se rememore una revuelta contra un rey ya debió ponerles lo suficiente como para consumar su nihil obstat.

Lo mejor de aquello, a la vista de los hoy ciudadanos de esta tierra, que une a Castilla y León con la copulativa conjunción por excelencia, es que caiga como caiga el 23 de abril, se hace puente, quiera o no el consejero de Fomento. Esa ingeniería laboral es lo que más se agradece hoy a Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado. Salvo en la campa de Villalar, en las horas centrales del día, digamos que el sentimiento comunero no lograr entusiasmar al personal. Decir lo contrario sería mentir más que ETA en su último comunicado.

Una ETA que, a través de Herri Batasuna, estuvo presente en algunas ocasiones en la celebración de Villalar. Un botón que ya avisa del abigarrado muestrario de sentimientos e indignidades que se dan cita en festividades que nacen con un sesgo reivindicativo, como si en Castilla y León no hubiera registros públicos ni existieran Tribunales de Justicia.

Apenas en dos ocasiones he acudido a Villalar. Para encontrarme con amigos, que o les veía ese día o tardaría mucho en ver. La amistad no necesita monolitos, y bien merece su mantenimiento echar una mañana en una feria en la que no se sabe bien si los sindicatos hacen la competencia desleal a los del puesto de churros o simplemente han dejado de fingir.

Sentirse ciudadano de Castilla y León y la leyenda comunera de Padilla, Bravo y Maldonado en poco se parecen. Tras Aragón, Andalucía, País Vasco, Aragón de nuevo y Cataluña, llegué a esta tierra. A la calle Maldonado de Valladolid. Orgulloso, eso sí, de ser de aquí.