Diario de Valladolid

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A BUEN seguro que el cardenal Blázquez ni se entera de los manejos que se traen sus alipendes curiales por los pueblos. Ni siquiera el obispo Argüello, a pesar de la mayor cercanía que le permite su rango subalterno, conocerá semejantes trapicheos, ocurridos lejos de sus sitiales catedralicios. Aunque en este caso ni el descuido ni la consiguiente ignorancia pueden invocarse para atenuar su responsabilidad. Así que más vale que no pretendan aplicarnos el tontaina ‘no lo sabía’ a los incautos vecinos de Trigueros, después de rescatar de la ruina la iglesia románica de San Miguel, que permaneció siete años cerrada.

Su rehabilitación integral se llevó a cabo entre 2002 y 2009, con una inversión pública superior al millón doscientos mil euros, en la que el obispado ni gestionó ni aportó un céntimo, aparte de abrir la mano con el preceptivo consentimiento para que se realizara la reparación. Y no es este el único aspecto que obliga al obispado a extremar su gratitud con Trigueros, pueblo en el que acumula las deudas. Precisamente estos días el comprador de su casa parroquial situada en la plaza acaba de rematar el arreglo de un tejado que el obispado dejó arruinarse, mientras miraba para otro lado y ponía en marcha la subasta. Acaban de embolsarse cuarenta y cinco mil euros con la venta de la casa parroquial de Trigueros y se niegan a aplicar una parte de esa cantidad en la conservación de la ermita del Castillo, amenazada de ruina por su descuido y cerrada al culto desde hace cinco años, cuando unas obras vecinales descubrieron pinturas medievales ocultas bajo el encalado.

Pero la ofensa no es sólo porque escatimen dedicar parte de la recaudación a consolidar la ermita medieval registrada por el obispado como suya al amparo de la ley hipotecaria de 1946. Una de las escasas construcciones mozárabes del siglo X que atesora el patrimonio de Valladolid. Además, el párroco de Trigueros en 1947 vendió a Federico Marés la preciosa imagen gótica de la patrona Virgen del Castillo, que ahora preside una de las salas de su museo en Barcelona. Clandestinamente, por supuesto.

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