Corona de ortigas
UNA TARDE me hablaron de coronas –nada que ver con laureadas guerreras ni juegos de tronos– pero de coronas cívicas trenzadas con ramas de roble y encina. Dicen las fuentes, que con ellas premiaban en la Roma antigua a aquellos ciudadanos que salvaban la vida a otro. Se colgaban en las puertas de las casas para que todos se enterasen de la bondad del romano en cuestión. En tiempos de plagas –en la décima, para más señas– en el antiguo Egipto utilizaron, por indicación divina, marcas en las puertas con sangre de cordero, salvándose así los primogénitos del pueblo elegido del ángel exterminador; no así los de los egipcios, que cayeron como moscas.
Esto de marcar puertas y señalar a los vecinos buenos o malvados tiene lecturas muy próximas. Por ejemplo, los escraches, modalidad de protesta social que vino de las américas y que no sé si ha de dar resultado, pero molesta y levanta expectación sometiendo a un verdadero calvario al señalado en su propio domicilio. Es como si 200 cobradores del frac se apostaran a tu puerta. Está visto que aún sigue amedrentando lo del ‘sé dónde vives’, sobre todo a aquellos que no tienen la conciencia tranquila.
Coronas, marcas con sangre de cordero o toro, vítores universitarios y escraches sonoros siguen sirviendo de modalidad de protesta, reivindicación y alerta. Son solo signos, pero a veces logran excelentes resultados. Yo me inclino por las coronas cívicas, que fue por donde empezamos y tienen mucho que ver con el término que define a un ciudadano o ciudadana honrado, cumplidor y socialmente reconocido por su predisposición al bien. Pensemos, por un momento, que en las puertas de las casas apareciesen coronas cívicas que nos permitieran identificar a las gentes de buen comportamiento, a quienes respetan las normas impuestas y demuestran una actitud de colaboración, solidaridad, respeto y buen rollo.
Habría que atreverse a señalar con el dedo a los sinvergüenzas y a escribir en pancartas, a la entrada de los pueblos y de los barrios, listados de hombres y mujeres llenos de bondad, que nada tienen que ver con los que agreden con la mirada, deprecian con el silencio, desconocen la mínimas dosis de educación social y se escudan en leyes que les permiten ejercer su propiedad y autoridad como si vivieran solos en el mundo. Coronas de ortigas para estos últimos. Voy a por ramas de roble y de encina.