Diario de Valladolid

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CUANDO EL periodista Manuel Carlos Cachafeiro era un chaval del barrio de San Roque de La Robla, empezó a mostrar que le fascinaban las despedidas de los libros, y con ese tirón se dirigió a unos cuantos escritores, pidiéndoles por correo manuscritos de aquellos textos. Era otra época con un ritmo bien distinto a la aceleración de nuestros días. Cuando los escritores hacían su trabajo a mano y contaban con tiempo para complacer a un chaval fascinado por los finales, mientras los especialistas centraban su interés en los principios como contraseñas de los libros.

Posiblemente, ahí radicaba la singularidad de la encomienda de Cachafeiro. Que certificaba la condición postrera de aquella literatura manuscrita. Para hacerse con las direcciones de sus escritores preferidos, bajaba a la central telefónica de la capital y los localizaba en las guías provinciales de teléfonos.

Entonces el adolescente sólo procedía guiado por sus gustos literarios y repartiendo los reclamos con criterios de notoriedad y cercanía.

Más tarde, el periodista concibió una arquitectura para aquella afición y fue ampliando su cosecha de curiosidades en el caladero de internet. De una y otra sugestión ofrece muestras llamativas Arqueología literaria, que puede verse en la Casa Revilla hasta el 28 de enero. Desde un dibujo canino de Miguel Delibes, a los contratos de Borges, pasando por testimonios del boli verde de Neruda o el carnet de conducir rasgado de José Hierro con la imagen de fotomatón, que Cachafeiro ilustra con su poema Acelerando.

Abre la exposición un alarde pictórico de Juan Carlos Mestre y ya en la primera esquina nos sorprende un ejemplar del Canto personal (1953) de Panero, con el sello de su expurgo de la biblioteca de Montijo, alentado por el empuje de la peli El desencanto (1976). Otros testimonios de hasta seis premios Nobel se suceden intercalados con una octavilla de Machado lanzada por la aviación republicana, el poema de Miguel Hernández manuscrito por Buero Vallejo y los textos vecinales que le abrieron el universo de la palabra: de Crémer, Pereira y Gamoneda.

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