Pataleo catalán
LA costumbre resignada de acomodarse a no ver más allá de las apariencias acaba por amputar su alcance significante. Y en ese vaivén andamos con la peripecia del Puigdemont belga, que esta semana recibió en Bruselas la visita sufragada de un par de cientos de alcaldes provistos con sus varas de mando. Como el profuso Puigdemont demostró no saber captar el sentido del paloteo para su batalla final, y tampoco la consellera Clara Ponsatí dispone de esa destreza hermenéutica, las ciento y muchas varas enhiestas en su cortejo se validaron cual picas en Flandes.
Pero estos prófugos presupuestarios carecen de grandeza en la batalla, aspirando a cocear adversarios con la invocación del indulto que los libre de pagar gastos. Hubiera estado fino aprovechar la expedición para un paloteo propiciatorio, como las danzas guerreras de los celtíberos. Pero no les alcanzó la instrucción para tanto, a pesar de tener asesoría educativa, quedando el convite belga reducido a mero alboroto. Porque estos indepes sobrevenidos tienen tantas limitaciones como miedos. Por mucho que el prófugo pregonero plantee aviesas y altivas enmiendas a la deriva europea, su simpleza de repertorio apenas lo habilita para dar la matraca a los sumisos.
Al resto, incluidos los damnificados por su despilfarro, nos acaba desconectando la exasperación.
Confieso que por esta vez me hubiera conmovido enlazar el vareo peregrino de Bruselas con la variante de paloteo ancestral, que ejecutan los danzantes de Guímara en la Fornela ancaresa. O al menos, si no alcanzan a tanto, con las danzas pastoriles terracampinas, que hubieran permitido disfrazar de birria o chiborra con su moña capilar a Puigdemont. Pero no saben y es lástima, porque tampoco el prófugo da de sí más que una catarata de alegatos tarambana, ni menudean ejemplos como el marcado por nuestro Abad de Santillán, conseller de Economía de la Generalitat con Companys, entre 1936 y 1937. En su retorno de la transición tuvo la dignidad de renunciar a la paga de exconseller y retirarse a morir en los hogares Mundet del barrio de Horta.