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DEDIQUÉ el mediodía del domingo a pasear por el altozano, en el que emerge su simpático castillo, y las calles porticadas de Ampudia, un coqueto pueblo terracampino de la provincia de Palencia, con el que nada me ata y, por tanto, todo me une. El perfil de su castillo y de la torre de su colegiata, y la teja árabe de casi todos los tejados de la población crean en mí un estado de relajación propio de inversiones más suculentas que la del (poco) combustible que necesito para desplazarme desde mi casa, previo paso por los otoñados viñedos de Cigales.

Despejar la mente, descubrir los prejuicios ocultos, entrar en razón… Todos lo necesitamos, y, de vez en cuando, desubicarse, deslocalizarse de los propios lugares comunes… Y, si se tienen a mano, un par de paladas de Machado o Benedetti, por poner dos buenos ejemplos, permiten construir un día con la sencillez propia de las edificaciones luminosas. Paredes robustas y espacios diáfanos.

De regreso a los semáforos y las leyes, todo cobra un nuevo color, una textura diferente, y es más fácil distinguir al gato de la liebre, coger al mentiroso incluso antes de que el cojo inicie su andadura, y descifrar las conjeturas y claves de lo cotidiano para que las grandes cifras y los intensos titulares periodísticos no desbaraten el arte de lo sencillo.

Necesitamos, pienso, espacios en los que nos sintamos singulares, por quienes somos y por la ausencia de un torrente masivo que nos desplace, incluso contra nuestra voluntad consciente. Escenarios fugaces para recuperar el perfil individual que permite, en su suma, lograr una sociedad consciente, cohesionada, crítica y dinámica.

Energía vital e intelectual para huir de lánguidos provincianismos que, si bien no incurren en los delirios de los nacionalistas, provocan un despoblamiento de ideas y acciones que dejan yermo el paisaje y el espíritu. Frente al supremacismo, convicción y esfuerzo. Todos venimos del mismo mono.