La patria íntima
LEO QUE Rodríguez Zapatero, quien fuera presidente del Gobierno español acude hoy (ayer para el lector) a Valladolid para recoger un reconocimiento sobre el tan poliédrico y resbaladizo asunto de la memoria histórica. Lo recibirá donde yo viví unos dos años, entonces prisión (tranquilos, yo no tenía edad penal) y que ahora es un centro cívico.
La historia, por sí misma, carece de memoria. Las personas la tenemos, y más allá de la que cada ser humano posee, como sociedad pretendemos poseerla a través de los libros y de todos los formatos que permiten conservar datos de lo que va ocurriendo a la Humanidad.
Este fin de semana asistí, con hermanos y sobrinos, a una exposición sobre 150 años de arqueología en España, ubicada en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid. El Poder del pasado es el título de la muestra. Sugerente el título.
El problema, o el núcleo, del pasado, de la historia, dado lo que sucede ahora en Cataluña, sin ir más lejos, es que la memoria sobre lo sucedido siglos atrás diverge, de modo diametralmente opuesto, entre la realidad documentada, de quienes mantienen un cabal sentido de lo sucedido, y la realidad inventada o soñada, para quienes, fruto del delirio (y de un futuro oscuro ante la Justicia) manipulan hechos para hacer ver que son tan diferentes y tan sufridos como para justificar una deslealtad mayúscula a la democracia y a la libertad que, encima, se atreven a decir que defienden.
La historia de cada sociedad y la trayectoria de cada persona debería ser una llamada para la mejora y el avance, la reconciliación y la fortaleza que supone la unión y el impulso al unísono ante cualquier reto que se deba acometer. Crear memorias selectivas, a la carta, con sabor a revancha, evidencian la incapacidad por conocer lo sucedido. Las facturas ya prescritas sólo las reclama quien alimenta el odio. Mal camino.
Otra cosa es el recuerdo y la vivencia personal. Las ausencias y el dolor de cada uno. La patria íntima de la que es imposible separarse.