Diario de Valladolid

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EL disparate creciente y sucesivo de la catarata secesionista disolvió en burla pazguata la tensión acumulada en este estreno otoñal. Traidor, inconfeso y mártir, como el personaje zorrillesco que estos días pone en escena Teatro Corsario, pero sin su audacia. Jamás pronunciará el gerundense: «Sacrifico mi vida a sostener esta patraña, que mi historia desde hoy hará famosa». Así que le toca chapotear en la ignominia.

Su torpeza ha sido tan proverbial, que para disimular cómo se rilaba cual cigüeño a la hora de la verdad, inventó la excusa zaragatera de una negociación internacional, mientras trataba de lavarse la cara ante los arietes cupesinos, que le habían empujado al desafío. Su engatada aplacó a la meliflua Anna Gabriel, que aguardó a estampar la firma póstuma, pero rebrincó como un tigre a su jefe, nuestro David Fernández Ramos, el hijo de Pedro el de Castrocalbón.

Ante la treta del embuste por canguelo, el resuelto David se mostró partidario de impulsar el abandono parlamentario de su grupo, dejando al maula Puigdemont sin mayoría para seguir enredando con la sedición diferida. Duro e inflexible como el hierro que bautiza Villaferrueña, el pueblo zamorano de su madre, David prolonga la rebeldía del abuelo Saturnino, que pasó ocho años de cárcel sorteando dos penas de muerte, y no puede disculpar el cobarde pavor del gerundense a la hora de la verdad.

Sobre todo, después de haber desnudado la incompetencia estatal en la jornada del primero de octubre, cuando espectadores de todo el mundo pudieron comprobar la torpeza del gobierno español, incapaz de localizar las urnas y de impedir las votaciones, fiado de un Centro Nacional de Inteligencia que a punto estuvo de convertir la respuesta civilizada en disparate.

Concluido el ciclo festivo, toca cobrar la factura de gastos ilegales, para pagar platos rotos y evitar tentaciones baratas. Y luego, hay que negociar: cuarenta años de pasmo indolente obligan a actualizar la Constitución, lejos del acojono franquista. Buscando el encaje como iguales en un marco común, sin privilegios de cuño medieval para nadie.

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