Diario de Valladolid

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ÉRASE una vez… tres museos. Tres colecciones. Érase una vez tres personas de gran caudal humano y cultural: Jesús Gil-Gibernau, Gabriel Calvo y José María del Arco Ortiz. Ellos los parieron, con todo lo que entraña el parto de las cosas. Buscar, reconocer, ordenar, preservar, proteger y enseñar al mundo una parte de su historia. Pongamos que hablamos de botijos, de orinales y de cántaros. Pero aclaremos las cosas: escribo sobre tres manifestaciones artísticas que, tristemente, se han convertido en piezas de museo ante el irresponsable olvido de una sociedad que no se acuerda -o nunca le han contado- del lugar donde se sentaba a cagar su bisabuelo, con qué iba su abuela a por agua a la fuente y de qué pitorro bebieron agua de manantial toda su familia en la era, en el huerto y en el patio de casa.

Cántaro, orinal y botijo. A poco que acudamos a los vericuetos de la razón encontraríamos apuntes contundentes, como que la vida de nuestros ascendientes no hubiera sido posible sin un orinal bajo la cama, sin un cántaro lleno de agua y sin un botijo que apagara la sed. Hay más cacharros, pero hoy tocan estas aristas de la geometría del barro. Estos tres museos mantienen sus tesoros en vitrinas y sortean la endeble y complicada estantería de la rentabilidad. Toca ahora ser más preciso: me refiero al Museo del Cántaro, que se encuentra en la localidad vallisoletana de Valoria la Buena y que es una colección cedida por Gabriel Calvo y Margarita Martínez; del Museo del Orinal, que actualmente está ubicado en un edificio del siglo XVIII, parte del Seminario Diocesano, en Ciudad Rodrigo (Salamanca), que creó el desaparecido mirobrigense José María del Arco, ‘Pesetos’; y, en tercer lugar, del Museo del Botijo, instalado en el Castillo-Palacio de los Guzmanes, en la localidad leonesa de Toral de los Guzmanes.

Estas colecciones privadas, que son museos rurales construidos con fundamento antropológico, deberían tener mayor espacio en la promoción cultural, en el imaginario del turismo rural y, por descontado, en la proyección del conjunto de los museos etnográficos de la región. Y, de paso, algún agradecimiento, premio, mención, reconocimiento y aplauso a Jose María, a Gabriel y a Jesús. Mientras, que alguien con sensibilidad –ardua tarea- de los que nos gestionan esté un poco más al loro de cómo lo están pasando los orinales, cántaros y botijos de los abuelos de sus abuelos… y de los míos.

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