Diario de Valladolid

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LO BUENO de los encierros de Cuéllar y, por extensión, de la tauromaquia en general, y en especial de la popular, es que deja las ideologías en casa. A buen recaudo. Se encierran toros y se encierran prejuicios. Unos en la plaza, otros en los cajones. Celebrar la vida es lo que tiene, que, ajenos a intereses egoístas, no tienen más sentido la derecha o la izquierda que el lado hacia el que los astados acometen y hay que evitarlos. Es un dato, uno más, que constata que lo humano, en su autenticidad más sencilla y auténtica, difícilmente ha de decantarse por unas siglas que no sean las de esforzarse por lo mejor para los demás y para uno mismo.

Contrariamente a lo que sucede en los callejones de las plazas de cierta importancia, y salvo que se haya convocado a alguna cámara, los políticos de cierto relieve no aparecen en los polvorientos campos por los que transitan los astados. Si carece de ideología (y por lo tanto de cinismo y postureo) es, precisamente, porque los toros son una fiesta popular. Fiesta, por una lado. Y popular, por otro. Así que, sí, hay que reconocerlo, pese a ciertos toques de garrulismo montaraz, la fiesta popular de la tauromaquia es un territorio de libertad. Nadie debe imponerse, y el riesgo asumido voluntariamente se convierte en lazo de solidaridad. En gesto de generosidad y preocupación por los otros.

Mientras tanto, en Barcelona las ideologías humillaban la memoria de las víctimas en esa manifestación que pone en evidencia la imperfección de una democracia joven que aún no se atreve a marcar líneas que no deben sobrepasarse. La ideología independentista, ante todo. Es tan poderosa, tan adictiva, que incluso une (de aquella manera, ya saben…) a los que en realidad se odian por ver la vida de modo tan diverso que llegarían a acuchillarse si Cataluña llegara a ser un Estado. Afortunadamente no es probable. Me refiero a que se acuchillen.

La sociedad va dejando pocos espacios de libertad. Lejos de la virtual, y falsa, bondad de lo los medios tecnológicos, les recomiendo sentarse en una loma y ver transcurrir un encierro. El placer de contemplar y oír el golpeteo sereno de los cencerros y las siluetas de toros y caballos difícilmente se pueda superar por esas técnicas de relajación orientales que tanto daño hacen a la espalda.

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