Orgullo de madera
JUAN Picardo y Juan de Juni fueron dos franceses que nos dejaron su firma en mil retablos. Mis abuelos les descubrían con tan solo mirar el rostro de las tallas. Gregorio Fernández fue un gallego de Sarria, aunque bendita la hora que aterrizó en el taller de Los Rincón, en el Valladolid del XVI. Su Escuela Castellana se expandió por toda la geografía, y no hay guía turística que se precie -en España y Portugal- que no le mencione. Los Berruguete eran de Paredes de Nava, un pueblo al lado del de mi madre.
Uno de ellos, Pedro, llenó pradelas y retablos con sus inconfundibles pinturas, y su hijo Alonso fue una de las gubias más respetadas. Estos días, el Nacional de Escultura le rinde homenaje con una interesantísima exposición en el Palacio de Villena. Cita obligada del verano en Pucela, con permiso del Príncipe de los Poetas, su vecino. Por cierto, los restos de Alonso Berruguete reposan bajo el altar mayor de la iglesia de Ventosa de la Cuesta. Ojalá, algún día, esta aldea tenga su minuto de gloria en el arte.
Felipe Vigarny –o Bigarny– era de Borgoña, como el buen vino. Él nos dejó su Virgen con Niño y su sello en algunas catedrales. A los de Becerril, que está en Tierra de Campos, si les preguntas por Alejo de Vahía saben lo del rizo en la frente, la mano extendida y la forma de los pliegues de los vestidos. Porque este escultor de tierra vikinga, según algunos, tuvo taller y todavía mucha obra en esta villa palentina. Pedro Sierra, de Medina de Rioseco, fue padre de Tomás y ambos conjugaron arquitectura y escultura, igual que los Siloé, Gil y su hijo Diego, el de la Escalera Dorada de la Catedral de Burgos, peldaños ineludibles del arte de todos los tiempos.
Y así tantos escultores, pintores, imagineros y artistas que forman parte de nuestro arcano sentimental y cultural, señas identitarias de esta tierra que continúan en el anonimato pues, cada año que pasa, suspendemos todos, menos los estudiantes de arte y los guías turísticos. Y esto no puede seguir así. Algo habrá que hacer para que el común vuelva a entrar en las iglesias y salga de ellas sorprendido, que es lo que consiguió don José, un cura de Traspinedo al que recordamos gracias a Las Edades que, por cierto, están en Cuéllar: ahí os esperan todos los mencionados y muchos más. Es un lujazo y un orgullo de madera vivir en esta región con esta peña de paisanos ilustres que, insisto, están ahora en Cuéllar.