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HAY más ejemplos, pero en esta ocasión traigo a colación dos. Uno tiene que ver con el vino portugués y otro con un personaje nacido en tierra española de vinos. No guardan una relación muy estrecha, pero me vienen como anillo al dedo para expresar mi lamento por esa cierta inclinación al olvido que tenemos en este país, inmerso en otro ‘nuevo 98’ del que no sabemos cómo salir. De ahí que recurra al vino como pegamento de voluntades efímeras. Los humanos somos un pelín distraídos: amamos mucho algo, pero nuestra actitud es contraria a lo que emocionalmente predicamos.

Hay un ejemplo que ilustra esta reflexión. En el Museo Adolfo Suárez y la Transición te explican una de las frases del recordado político cebrereño, que tanto aportó a la reciente historia de España. Pues bien, Suárez dijo en una ocasión: «No me queráis tanto y votadme más», aludiendo a esa manía tan española de ser ‘bienquedas’. Por un lado le vitoreaban, pero le ninguneaban en las urnas.

Aprovecho para animar a visitar este envase museístico, cuyo contenido tiene una vigencia absoluta. El museo está en su pueblo natal, Cebreros, localidad que dio en el pasado –y por fin hoy dará nombre– a vinos históricos del mapa vitivinícola nacional. Y de paso, un curioso apunte en el que Suarez también es protagonista al lado de Claudio Sánchez Albornoz. Ambos fueron dos destacadas personalidades de la política española y sus restos mortales descansan en el claustro en la Catedral de Ávila. Uno fue presidente del primer gobierno de la Democracia en España y el otro, presidente de la Segunda República española en el exilio. Sus sepulturas reciben la visita de miles de turistas y respetables ciudadanos, que salen de allí reconfortados por lo que han visto y las lecturas de paz, perdón, convivencia y democracia que tiene ese insólito lugar, integrado en el interior de un complejo religioso y en pleno siglo XXI.

Y ahora lo del vino portugués. Sabido es que castellanos y leoneses somos pro-portugueses. Vamos, que nos cae de maravilla todo lo luso. Y a algunos hasta tenemos tortícolis de tanto mirar al oeste de la Península para respirar algo de amor ibérico, puro y limpio. Pues resulta que, al otro lado del Duero, se está llevando a cabo una revolución como la que emprendimos nosotros en los 80 y 90, gestando las DO de vinos que hoy nos dan tantas alegrías. Lo que no es de recibo es que nuestros restaurantes no tengan vino portugués en sus cartas. Culturalmente hablando, es incomprensible. Entre cabernet y tempranillo, deberíamos ir pidiendo alguna touriga portuguesa, aunque solo sea para demostrar lo que queremos a Portugal y sus castas, que son tan nuestras como su Douro. Y ya puestos, una garnacha de Cebreros, naturalmente.