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MIENTRAS los arrumacos de los vices Junqueras y Soraya en la tribuna de Barcelona entretenían el pasmo mirón de la semana carnavalera, las faldas de la mesa negociadora encubrían acuerdos con chicha y entregas sustanciosas. Esta vez los vascos jalearon el anuncio de las regalías con una campaña de mofa a los españoles en la Euskal Telebista, que es su tele oficial. Fachas, chonis y paletos fueron sus piropos de recepción a la millonada que Rajoy les reserva para los soterramientos de Vitoria, Bilbao y San Sebastián, en una muestra más de esa zoquetería que es incapaz de apartar la sal gruesa del humor.

Entiendo que pasados unos días moleste la mención de los trajines y enjuagues consumados en la mesa de negociación, aunque este trasiego no es nuevo. Por eso, el barullo vascongado, las zalamerías y carantoñas catalanas y los simpas bercianos no deben distraernos de lo esencial de estos días, que nada tiene que ver con semejantes ruidos. Las chonis vienen de ahí, de la torpe broma vasca, que nos considera toscos y rudimentarios. Un mandoble sin maldita gracia. Y las lentejas, de la suficiencia con que Maíllo, entretenido en otras batallas, descalificó los pactos de regeneración suscritos con Ciudadanos, que permiten gobernar en tantos sitios, desde Rajoy a Herrera o Silván. Ahí tenemos las chonis y lentejas del guiso. Choni es el calificativo que desprecia a las mujeres que no pisan alfombra. Las lentejas apuntan al trago obligado de algo cuando se persigue un fin superior, en este caso colocar al frente del gobierno de España a su patrón Rajoy.

Falta fineza, desde luego, tanto a los caricatos vascos como al lenguaraz zamorano. Pero ni unos ni otro deben distraernos con su maniobra de lo sustancial, que no son ni los insultos de aquellos ni el desparpajo del otro. Los negocios derivados de la aprobación del presupuesto con los vascos se refieren al tránsito de la alta velocidad por sus capitales, que va discurrir soterrado y cueste lo que cueste. Para ello, se desprecia el soterramiento de Valladolid, Palencia y León, donde apenas se mantiene un pasadizo de 585 metros entre la capital y San Andrés.