Diario de Valladolid

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LA SEMANA SANTA llegaba a los pueblos precedida de una cuaresma penitente, aliviada cuando se podía con la compra de bulas y resuelta jubilosamente en las celebraciones pascuales. Su perfil en nuestra tierra se ha definido como austero, devoto, contenido y centrado en la esencia del misterio que conmemora. Sin embargo, agrupar tantos tópicos es no decir nada. Porque cada lugar lo celebra con sus peculiaridades, marcadas por la tradición, por la singularidad de los escenarios y por el atractivo de los rituales y pasos escultóricos que exhibe.

Sin competir con las celebraciones de rango internacional que tienen lugar en la provincia, nuestra Semana Grande ofrece manifestaciones singulares de un tipo de vivencia pasional muy arraigado en los pueblos. Porque todavía muchos conservan sus ritos y se animan estos días con el desfile de imágenes y piezas escultóricas de singular valor. No alcanzan, por supuesto, el despliegue procesional de Rioseco o Medina y tampoco el relieve de Tordesillas, Alaejos, Olmedo, Nava o Peñafiel, que son las grandes citas de la Pasión en Valladolid, pero sí ofrecen, en su expresión más pura, todo el encanto de la tradición.

Singular interés tienen las ceremonias pasionales del Descendimiento que perviven en Tierra de Campos. El Padre Isla lo describe con pormenor en su novela Fray Gerundio de Campazas, bautizada como el Quijote de los púlpitos. Cuando la lluvia lo permitía, se celebraba en el exterior de la iglesia, escogiendo un lugar público donde se colocaba la cruz con dos escaleras para que por ellas treparan los santos varones (Nicodemo y José de Arimatea) a desclavar el cuerpo del Redentor y entregárselo a su madre, que asistía con dolor al relato tronante del predicador y al recuento que San Juan iba haciendo de los instrumentos de la Pasión: el rótulo del INRI, la corona de espinas, los clavos de manos y pies, las tenazas y los martillos. Luego se recogía al Descendido en una urna de cristal. La tradición sigue en Cuenca y Villavicencio, superada la pausa de un par de décadas, a causa de la emigración.

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