Diario de Valladolid

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«¿SABE USTED cuántas mujeres hay entre los primeros cien jugadores de ajedrez? Se lo diré: ninguna. Por supuesto, las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes». Siglo XXI. 1 de marzo de 2017. Parlamento Europeo. Un eurodiputado polaco de extrema derecha defiende la brecha salarial entre mujeres y hombres. La socialista vallisoletana Iratxe García contesta al energúmeno Janusz Korwin-Mikke: «Sé que le duele y le preocupa que hoy las mujeres podamos estar representando a los ciudadanos en igualdad de condiciones con usted. Yo aquí vengo para defender a las mujeres europeas de hombres como usted».

La brecha salarial ahorra a las empresas de Castilla y León más de 2.000 millones de euros al año, 47.000 millones en España. Intuyo que pocos empresarios se atreverán a defender en público las ideas iracundas del representante polaco. Pero son demasiados los que se aprovechan de esa insolente desigualdad que sitúa a las mujeres como ciudadanos de segunda clase.

Cuando escribo estas líneas acaba de producirse en Vicálvaro (Madrid) el asesinato número 18 de una mujer por su pareja. Suma y sigue esta irreversible e imparable violencia contra las «ciudadanas de segunda».

Las dos manifestaciones machistas pueden ser los extremos de una cultura de la desigualdad que impregna la mentalidad de esta sociedad moderna. Me resisto a pensar que todo seguirá más o menos igual hasta que una auténtica educación en igualdad consiga cambiar nuestras conciencias. Sobre todo, porque en medio de esos ejemplos extremos hay demasiadas situaciones violentas y discriminatorias; la mayor parte de las veces silenciosas. Jueces, fiscales, policías, políticos, empresarios, sindicalistas, periodistas… ¡Hay mucho por cambiar!

El próximo miércoles vuelve el 8 de marzo. Ese día todos –comercios incluidos– haremos proclamas en favor de la igualdad. Hasta el año que viene. El 8 de marzo de 1908, tuvo lugar un grave suceso. Cerca de 130 trabajadoras de la fábrica Cotton de Nueva York se declaraban en huelga y ocupaban el lugar donde estaban empleadas. Sus reivindicaciones eran simples: conseguir una jornada laboral de 10 horas, salario igual que el de los hombres y una mejora de las condiciones higiénicas. ¿Les suena actual esta demanda de hace más de un siglo? El dueño de la empresa ordenó cerrar las puertas, y provocar un incendio, para que las empleadas desistieran de su actitud. Las llamas se extendieron y no pudieron ser controladas. Las mujeres murieron abrasadas en el interior de la fábrica. Tomen nota.

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