Diario de Valladolid

Creado:

Actualizado:

«LA MUERTE es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor». Esto lo decía Séneca antes de que naciera Cristo, ese personaje divino que enalteció la muerte y creó la ilusión de que tras ella volvía la vida. Imposible averiguar si la solitaria muerte de Rita Barberá fue un castigo, un regalo o un favor. Que cada cual formule sus hipótesis. Sólo me atrevo a aventurar el sufrimiento de sus seres más queridos, que no son precisamente esos hipócritas del PP que ahora se rasgan las vestiduras porque Podemos no quiera contribuir en silencio a su homenaje político en las Cortes y unos días antes se desmarcaron de ella por réditos políticos cual apestada por presunta corrupción.

Rajoy el primero («Ya no es del PP»), Maroto el segundo («No tiene dignidad»), Casado el tercero («Ya no está en el partido»)… Ahora que ha muerto de un infarto de miocardio, la mala conciencia emerge sobre los populares porque el sentimiento humano de pena brota en los tanatorios y produce réditos fáciles.

Cada uno tiene en la vida un código ético que le lleva a dirigir sus comportamientos y decisiones, con contradicciones e incoherencias. Una nueva fractura social pretende desviarnos de lo fundamental: ¿Hay que rendir homenaje póstumo a parlamentarios con actuaciones éticas dudosas? En las Cortes generales se ha sentado un precedente este miércoles.

Barberá declaró el lunes en el Tribunal Supremo por un presunto delito de blanqueo de capitales en un proceso en el que hasta el PP está investigado/imputado. Muchos en el PP la pidieron sin éxito que dejara el escaño del Senado. Ahora dicen que para protegerla. En menos de 48 horas cambiaron de tono. Rita ya no puede hablar.

Castilla y León tiene desde esta semana una ley que ofrece garantías a los funcionarios que informen de posibles casos de corrupción en la Administración regional. Un paso adelante si realmente significa que los empleados públicos podrán sentirse totalmente libres y amparados para desvelar posibles tramas de actuaciones irregulares. No estaría mal ahora que los partidos se dotaran de un código similar para que los afiliados pudieran denunciar sin represalias casos de corrupción en sus organizaciones.

La corrupción ha dejado huella en la gente y ha generado una brutal desconfianza sobre los políticos al desarrollarse en medio de un clima de empobrecimiento. Por eso, es la clase política la que está obligada a revertir la situación. Es el mejor homenaje a las víctimas. Es el código más ético que hay que levantar frente a los hipócritas.

tracking