Diario de Valladolid

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DADO el arranque zarrapastroso de los preliminares que condujeron al asalto del día de san Remigio, nadie debiera extrañarse de las consiguientes pataletas, que van nublando el tránsito socialista por un octubre que culminará como siempre el centurión Marcelo. Porque hay cosas que no cambian, por más que se afanen los ganapanes en retorcerlas. De hecho, ninguno de los intrépidos sofaldados de doña Susana en Benavente alcanzó a aventurar la cisquera del comité federal socialista que abrió este octubre político. Porque a Benavente bajó de sus Asturias don Javier Fernández, que no es nuevo en estas lides, y también se acercaron otros descontentos de las diversas taifas del socialismo menguante. Al fin y al cabo, lo que allí se tramó, antes de que la baronesa andaluza bajara a reposar junto al Duero en Zamora, admitía otras variantes de aplicación más sutiles que el lenguaje de cachiporra finalmente empleado. Pero la confluencia de prisas es lo que tiene: acelera el ritmo y convierte las diferencias en heridas de sangre, que es lo que hubo.

Porque lo prioritario era y sigue siendo que nadie haga memoria y repase de dónde viene la creciente desafección de los votantes. No vayan a concluir finalmente los curiosos de andar indagando que los malos y hasta pésimos resultados cosechados por el consorte de Valdefuentes, Pedro Sánchez, no eran peores que lo conseguidos por Rubalcaba sin más equipos que le disputaran el espacio. En la conjura de Benavente estuvo también el grupo de Zapatero, a cuya gestión debe nuestro país varios de sus problemas más enrevesados. Desde la quiebra territorial al derrumbe del empleo.

Las revelaciones de estos meses no permiten ser optimistas sobre el cuidado que nuestros políticos van a dedicar a los aspectos que preocupan al gentío peatonal. De los pensionistas, que ven su hucha asaltada por la imprevisión, a los jóvenes, sin expectativas de empleo decente. Y entre medias, la legión de los desamparados, más nutrida cada día. Pero obligan, ahora que por fin se acaba su recreo, a estar vigilantes, para que no cunda el pregón de los barateros, que confunden al país con su mercadillo de trampas.

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