Diario de Valladolid

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SÓLO unas pocas capitales cuentan con el lujo de un breviario que desvele sus más recónditos secretos. Ahí destacan el ‘Santero de San Saturio’ soriano de Gaya Nuño o la Ávila de Jiménez Lozano. A esa cosecha de ciudades se incorpora con sumo esplendor ‘Zamora insólita’, con la prosa de Agustín Remesal y las imágenes iluminadas del arquitecto Paco Somoza, los mejores cómplices para descubrir su ciudad de románico y aceñas. Zamora asoma su perfil monumental al paso del Duero, que abraza sus barrios románicos. Pero que nadie olvide que Zamora no se gana en una hora. Para Unamuno, la mirada desde los puentes y aceñas del Duero dispensa toda una lección de historia.

Y no es de historia precisamente de lo que flaquea nuestra capital de poniente. Tampoco de la música del río grande que la ciñe ni de la poesía de sus nombres sucesivos: ojuelo del Duero para los romanos, acebuche o preciosa ciudad de las turquesas para los árabes. Así la vio García Lorca: «Pasa el río por Zamora, verde y manso. La enorme calva bizantina del cimborrio se mira en las aguas profundas. Las iglesitas románicas descienden por las callejas hasta el río. Este va lentamente arrastrando su gran prestigio de evocaciones históricas al sonido grave y suave que produce».

La estructura alargada de su casco histórico permite una visita peatonal y de ida y vuelta, salpicada de joyas románicas, esplendor renacentista y con un cuidado apéndice moderno, en el que se concentran el comercio y los servicios. Pero no ha perdido Zamora su condición de reclamo para las compras y los trueques de los alrededores comarcales, como ocurre sobre todo en la Costanilla, que desciende de la plaza Mayor hacia las proximidades de la puerta de doña Urraca. Otras callejuelas buscan en su pendiente la caída hacia el Duero, como Balborraz o Herreros, y evocan en su animación de tabernas y tapeo la lejana gloria de aquel barrio de la Lana que tanto predicamento fronterizo tuvo en tiempos de posguerra y estrecheces. La contraseña para su conquista l ofrecen los versos del gran Claudio Rodríguez: “Aquí no hay cortes, mares, / norte ni sur; aquí todo es materia / de cosecha”.

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