Caudillos democráticos
DECIR, en nuestra Democracia, que Otegi es un estandarte de la libertad, está, bajo la protección de la libertad de expresión, no sólo permitido, sino que, según para que sector social, es una evidencia. Decir que la identidad entre una persona y un voto es cuestionable, pasa por ser un comentario peligrosamente arrojado al abismo de los debates.
Sí se puede decir sin miedo a la mirada del vecino de mesa del bar, que en Democracia vale lo mismo el voto de quien quiere destruir los valores sociales básicos que el de quien lleva toda una vida soportando con sus impuestos que la sociedad ofrezca a los ciudadanos unos servicios más que dignos en sanidad y educación.
Lo verdaderamente peligroso no es tanto que se produzcan ‘errores’ democráticos (la victoria en elecciones democráticas del partido Nazi en aquella Alemania, el Brexit, etc), pues la masa social no dejará nunca de serlo, sino la capacidad de alimentar el nacimiento de monstruos políticos que se produce como consecuencia de los abusos en el uso de las instituciones.
Una Democracia madura y sensata debe velar por favorecer lo razonable y evitar, incluso aunque se produzca un fallo multiorgánico en sus tripas, que aparezcan nuevos caudillos con diferentes collares. Que líderes mesiánicos y visionarios recojan como beneficio propio el despropósito de quienes encarnaban propuestas sanas y racionales e hicieron del ejercicio del poder un festín delincuencial, supone, a medio y largo plazo, que los errores de éstos últimos acaben siendo legitimados bajo la fórmula del sectarismo populista. Dicho de otro modo: malo es que quienes han ejercido responsabilidades públicas derivadas de un mandato políticos haya cometido tropelías diversas e imperdonables, pero es aún más peligroso que el efecto sea la creación de nuevas estructuras políticas que se alimentan del legítimo descontento social para muscular, desde sus odios, mitomanías y prejuicios, decisiones de neta raíz demagógica que empobrecen la salud social y económica de una nación.