Fraude electoral
NADA MÁS terminar el tedioso debate televisivo entre Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias me atreví a manifestar en las redes sociales que había ganado el candidato de Unidos Podemos. Lo hice con escasa convicción, pero con el convencimiento de que serían pocos los electores que, en ese momento, cambiarían el sentido de su voto con los argumentos y propuestas de los cuatro líderes.
El elemento diferenciador que me impulsó a considerar ganador a Iglesias no fue ni sus planes de empleo, educación, sanidad o vivienda; ni sus recetas contra la corrupción, ni su política exterior... y mucho menos, su minuto de oro. Determinante fue el hecho de ser el único que desveló con claridad con quién quiere aliarse y con quién no tras el 26-J.
Este factor cobra más dimensión al ver cómo el miércoles el asesor económico de Sánchez, Jordi Sevilla, sugiere la posibilidad -nueva en el dividido bloque socialista- de permitir gobernar al PP si es la formación más votada. La ambigüedad del candidato del PSOE es el reflejo de la fractura y desorientación que vive este partido fruto del creciente distanciamiento de sus bases, de prácticas incompatibles con una apuesta firme por los más desfavorecidos y de sus gestión del inicio de la crisis.
Es un fraude no despejar, en esta segunda vuelta, con quién se quiere gobernar y a quién se veta. Sobre todo, porque es clave para el voto ante una hipotética repetición de los resultados del 20-D.
Pero no es el único fraude. La OCDE ha dado un varapalo a la política de austeridad y ha certificado que ese encumbramiento de la lucha contra el déficit ha prolongado la crisis y, por lo tanto, agudizado la pobreza. La deuda ha crecido en Castilla y León hasta 10.582 millones de euros. Cada ciudadano «debe» 4.280 euros. Los recursos no crecen; la deuda aumenta por esa errática política de austeridad que santifican la CE, el Gobierno y también la Junta. Ese agresivo y monolítico combate contra el déficit ha generado desigualdad.
Es el otro fraude electoral. Ningún partido dice con absoluta claridad los recortes que vienen, hasta dónde van a pelear con Bruselas y Merkel para flexibilizar el déficit, qué pérdida de soberanía nacional van a asumir los más sumisos patriotas y cómo van a comportarse en el caso de que el Brexit del Reino Unido tapone la obligada cohesión social con una Europa que «avanza» ya a dos velocidades. El modelo europeo que se construya tendrá su impacto en los parados, en los ocupados con salarios devaluados, en la sanidad, en la educación, en la dependencia… Ocultarlo en elecciones revela una actitud fraudulenta como no desvelar las deseadas alianzas tras el 26-J.