Política lactante
La política es un arte. Sin duda. Unas veces con un sesgo abstracto, en otras sometida a las subastas a las que concurren los más ambiciosos inversores. También proclive a la no improbable falsificación de obras aparentemente firmadas por reputados autores.
Y, como toda disciplina artística, la fase de la obra puede situarse en un periodo inicial, de consolidación, o de madurez. En España, y no menos en Castilla y León, no es descabellado afirmar que nuestros políticos se encuentran en fase embrionaria respecto de su actuar público, de su gestión del poder y, también, de su quehacer en su papel opositor. Política lactante.
Sólo un imaginario país, pongamos que hablo de Zamunda, sumergido en las leyes rituales de la exhibición de los amuletos que potencian la reverencia hacia el poder, podría enviar a su Príncipe a negociar con una tribu lejana sin asegurarse de que, en vez de recibirle, eso sí muy simpáticamente, el Botones Sacarino, al otro lado de la mesa se iba a sentar el dirigente homólogo.
Determinados ridículos sólo son comprensibles desde la incompetencia del propio ridiculizado o por su exceso de confianza en su confesor. O en su psiquiatra.
El momento político, y social, facilita y abarata las improvisaciones. La falta de una verdadera estructura personal y de partidos en cuanto a principios, valores y creencias, permite que, en breves fragmentos temporales, que los actores de la política se enfunden la elástica de diversos equipos según el partido que haya que jugar. Ora conservadores, ora progres… Ora de delantero, ora de defensa…
Tiempos de tribulación, propicios para visionarias decisiones desde la neurótica comodidad de un diván. Arrogarse la verdad absoluta delata una grave patología.
El temor a desprenderse de la seguridad que ofrece el cargo y las ruedas de prensa, el aforamiento y la adulación de los mediocres, los hay que ven razones excepcionales y de urgencia para emular gestos autoritarios, herederos de otros con ecos de la Dictadura.