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EL HECHO de que el cultivo –más o menos afortunado- del folklorismo se halle bastante extendido por Castilla y León puede conducir al error de pensar que la antropología se encuentra suficientemente representada en nuestra Comunidad Autónoma. Lo cierto es que, por contra, ésta se halla escasamente implantada aún en cuanto a disciplina científica en el ámbito académico y que su concurrencia suele resultar ignorada -si no intencionalmente desechada- en ámbitos como el de los museos antropológicos y/o etnográficos, la gestión y análisis de los «relatos» sobre la propia identidad o la actuación en temas tan delicados y fundamentales como la ordenación del territorio, el desarrollo rural/urbano y la conservación de la naturaleza o los paisajes.

Sin adentrarnos ya en problemáticas como la de las migraciones, el éxodo del campo a las ciudades o la despoblación y «fuga de jóvenes» hacia otros lugares o países, que por desgracia es un asunto preocupante que caracteriza a esta región. Y para todo ello la antropología podría aportar perspectivas y enfoques enriquecedores que impidan equivocaciones graves. Porque lo que no debería producirse es que los planes de ordenación del territorio, desarrollo rural o conservacionismo de espacios naturales se urdieran y ejecutaran de espaldas al conocimiento de las realidades antropológicas de las gentes implicadas en cada uno de estos casos.

De allí donde no miran las «planificaciones de despacho», decididas en razón de supuestas rentabilidades económicas o políticas, y yerran o se enfangan las recetas de una «ingeniería social» ajena a las necesidades y problemas humanos concretos, la antropología trae el pálpito de lo real y de lo posible, de una sostenibilidad fraguada sobre los saberes y experiencias de quienes conocen como nadie las limitaciones y recursos de su entorno. Para esto y no para salpicar de pintoresquismos la sociedad de consumo sirve esta disciplina a la que uno debe dedicarse con honestidad y pasión.