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ESTABA, hace tres días, el viernes más triste y previsible que un juicio contra Bankia y, de repente, sucedió algo que animó la tarde, ya casi de noche. El caso es que en una dependencia municipal, en Valladolid, en la que habían prohibido colocar carteles del acto, ya que el equipo de gobierno no mira con buen ojo el ámbito cultural en cuestión, se celebraba un coloquio.

Entre el público asistente, en el que la pluralidad en edad, sexo y gustos era evidente, se sentaron tres personas ataviadas para ser reconocidas a poco que uno vea las fotos de los periódicos y constate que unas determinadas siglas y su correspondiente, digamos, ideología, muestran una querencia textil muy marcada. Podría decirse que, pese a repudiar al estamento militar, sienten un íntimo placer por vestirse con una uniformidad en la que sólo ligeras variaciones permiten discernir que no es una persona repetida, sino la reiteración de un estilo.

Las ropas de los proetarras, como ejemplo, combinando con exquisita espontaneidad los colores de la ikurriña, y su corte de pelo (digno de una política de igualdad de género elevada a la categoría de un premio Nobel de peluquería) no son fruto de la casualidad. El adoctrinamiento del grupo siempre es mejor bajo una misma imagen.

Desde el inicio, cuando mi curiosidad me llevó a fijar la mirada en ellos, descubrí en sus gestos de reprobación la perfecta adecuación al manual del comisario político. Las palabras de los intervinientes eran escrutadas con ojos de censor franquista, comentadas las opiniones… Su ideología los tenía tan bien programados que, siendo tres, eran uno, pues sentían su misión como un ejercicio salvador.

La charla, lo supondrán, era sobre toros, y el trío inquisidor, de Podemos. Levantaron la mano al unísono para indicarlo, con marcial gesto. Una chica de cabellera colorada gruñó por ese mito de que la tauromaquia supone un gasto público. La ignorancia es así. Carlos, mi amigo de la CGT, le espetó que más izquierdista era él y sus impuestos sí subvencionaban un cine de dudosa calidad.

Hay mentes libres, abiertas. Hay mentes programadas y en ellas la agresividad tiene un piso franco.