Muerte
MILES de personas saldrán este Viernes Santo a las calles para conmemorar la Crucifixión de Jesús de Nazaret. Multitudinarias escenas de dolor, dramatismo y sufrimiento invadirán el centro de las ciudades para dar paso, el domingo, al júbilo y a la alegría por la esperanza de una nueva vida. Religiosidad, turismo, patrimonio artístico, teatralidad y negocio conviven en esa extraña y plural mezcla de intereses que cada año ponen la muerte en el centro del espectáculo.
A 1.500 kilómetros del centro de esta Comunidad el dolor, el drama y el sufrimiento tienen poco de teatro. El miedo a la muerte vuelve a Europa. La escena se repite cuatro meses después. ‘Jaque al corazón de Europa’, ‘Ataque terrorista a Europa’, ‘Terror contra la UE’, ‘Ataque al corazón de Europa’… rezan a cinco columnas los casi idénticos titulares de las portadas de los periódicos.
Ninguna de las siete palabras del protagonista crucificado en el Calvario, que hoy se repetirán con la habitual devoción cristiana, aportan pistas para encajar, interpretar, suavizar o atenuar la barbarie de los atentados terroristas de Bruselas. Tampoco los de París del 13 de noviembre.
A 5.000 kilómetros del centro de esta Comunidad, miles de refugiados intentan entrar en lo que hasta ahora era un oasis de paz. Muchos huyen de los mismos terroristas que el martes sembraron odio con sus artefactos en el aeropuerto y en el metro de la capital europea.
Ojalá fuera tan fácil exhibir esperanza como en el rito cristiano. Bastaría esperar al domingo. La bomba del kamikaze puede estar mañana a nuestro lado. Mientras alguien descubre un antídoto contra la impotencia, la firmeza y la unidad pueden ser instrumentos válidos, pero muy insuficientes. Sobre todo, si taponan una obligada y consecuente reflexión de por qué hay gente dispuesta a inmolarse a las órdenes de un Estado Islámico que no respeta nada. O quién suministra y financia sus bombas y sus armas.
Europa da otra prueba de debilidad, de fragmentación, de incapacidad de respuesta. Quizás es la consecuencia de las responsabilidades de su política exterior. O de la interior. Ha causado tanta desigualdad que la falta de señas de identidad es proporcional al espíritu de incertidumbre que hoy domina la escena europea. Tal vez por eso, y porque la sangría sucede a 1.500 kilómetros, las procesiones que conmemoran la muerte de Cristo serán secundadas por más personas que las concentraciones de solidaridad, dolor y rabia por los más de 30 muertos en el metro de Malbeek y en el aeropuerto de Zaventem.