Las Batuecas en silencio
EL TAPIZ verde del paisaje adehesado que acompaña a la carretera desde Vecinos hasta La Alberca, en la salmantina Sierra de Francia, con los rayos de sol lanzados como flechas que atraviesan impunemente el tejido de las hojas de las encinas, otorga un estado de bienestar más ecológico y, sin duda, barato que esos spa bajo los que una maquinaria sofisticada requiere engullir altas dosis de energía para mover el agua con inusitada y artificial fuerza.
Sin duda, comprender la vida es, también, comprender la Naturaleza. Desde sus pequeños y escondidos detalles y procesos biológicos, hasta las grandes manifestaciones que muestran un paisaje sobrecogedor. Pacífico o violento. Agua, viento y fuego dan la vida igual que la cercenan con indiferente brutalidad.
Con el toro de lidia sucede lo mismo. Símbolo y realidad, metáfora y sustancia de la existencia. El toro, al que la dehesa debe tanto.
No hay toros pero sí cabras por Las Batuecas, ese valle en la vertiente sur de la Sierra de Francia, al que da nombre el río que lo recorre, en armonía con piedras que hace millones de años fueron lecho marino. Una senda que permite mojarse lo pies -incluso de modo involuntario- recorre durante dos kilómetros la distancia entre el monasterio, dedicado al silencio y la contemplación, y unas pinturas rupestres no aptas para miopes de baja graduación. Las fotografías dicen que hay unas cabras pintadas… y dado el tiempo de vacaciones espirituales no está de más reconocerlas con auxilio de la fe. O de una lupa.
Lo bueno de un viaje sin destino, aunque sea por pocos días, es que se está dispuesto a descubrir, y visitar, lo desconocido. La ausencia de prejuicios nos libera de esos muros perimetrales que crean las ideologías y las experiencias elevadas a categoría inamovible.
Alejarse de lo cotidiano, divorciarse de la rutina, tiene innumerables beneficios. Aunque a muchos les dé pánico salirse de la ruta vital prevista, obligada, sumisos a la costumbre y la tecnología. El silencio asusta.
Renovada la mirada y los pulmones, un café en Casa Pacheco, en Vecinos, nos prepara para lo habitual.