El barro de los refugiados
LA IMAGEN de una madre bañando entre barro a su bebé Bayan, de 20 días, en el campo de refugiados de Idomeni, junto a la valla que separa Grecia de Macedonia, me provoca un sentimiento de vergüenza que no lo suaviza ni el acuerdo unánime del Congreso contra las expulsiones masivas ni el giro del propio Rajoy y sus ministros ni la firme posición de las ONGs de Castilla y León.
Pónganse, pongámonos, en su lugar. Imaginen por un momento que han sido expulsados de sus apacibles hogares y transitan por territorios desconocidos con sus pequeños en busca de un refugio que la plácida Europa les niega.
Piensen, por un momento, que se han visto forzados a abandonar sus pueblos o ciudades y que sus viviendas han sido destruidas por los bombardeos de una nueva incomprensible guerra. Mediten sobre la posibilidad de verse obligados a dejarlo todo y a deambular por esa Ruta de los Balcanes en inciertos campos abonados por la lluvia y el barro.
Baste este drama de nuestros vecinos para aparcar por un día los maltratos de multinacionales como Lactalis o Smurfit , en los conflictos de Lauki y San Cayetano. Dejemos a un lado por momentos los abusos de precariedad laboral que el propio Herrera admite en las Cortes en una respuesta a la pregunta de Sarrión sobre el modelo de salida de la crisis. Soslayemos los silenciados conflictos de los mediomileuristas de la televisión. Evitemos por horas hablar de Rita Barberá, de la corrupción, de la trama eólica... y centrémonos en la desesperada vida de los que, aquí al lado, huyen de la guerra.
Y de la respuesta que damos. De los intentos de la Comisión Europea por quebrar la esencia de la solidaridad enviando a un país de dudosa condición democrática, como es Turquía, a estos inmigrantes forzados a cambio de ventajas económicas.
La demanda migratoria no puede ni debe ser selectiva. Acoger inmigrantes cuando se los necesita como mano de obra barata y rechazarlos cuando huyen de una guerra sólo puede ser calificado de inmoral, pero quizás también de ilegal al menos sobre el papel de los tratados internacionales.
Esta tierra sabe mucho de eso. En Castilla y León, en España, hubo una guerra y Europa fue solidaria con muchos exiliados. También fueron demasiados los que huyeron en busca de futuro y trabajo a construir países vecinos con su empleo. Nada comparado con estos miles de refugiados embarrados por una Comisión Europea que demuestra una brutal insensibilidad ante tanto sufrimiento.