Espejo de soledades
LAS explicaciones científicas sobre el lago de Sanabria compiten con el duende de los presagios poéticos y el baldón de las maldiciones legendarias. El pasado fin de semana conmemoró Ribadelago, en Sanabria, el 57 aniversario de la tragedia que cercenó 144 vidas. Más de cien eran niños y 116 cadáveres nunca fueron rescatados del lago. Había menos hombres que mujeres, porque la mayoría andaba a las contratas del tren a Galicia, y eso se ahorraron en las indemnizaciones. Un varón estaba valorado en diez mil pesetas más que una mujer y setenta mil más que un niño. Tres décadas antes de la catástrofe, Miguel de Unamuno había dedicado a la seducción de Sanabria San Manuel Bueno, mártir, la mejor de sus novelas, y el terrible presagio de un poema que ni siquiera estragaron los ripios: «Servir de pasto a las truchas / es, aun muerto, amargo trago; / se muere Ribadelago / al margen de nuestras luchas».
Aquella noche de enero, una ola de nueve metros de altura, cargada de lodo y piedras, arrasó el pueblo, con la temperatura a 18 grados bajo cero. Eran tiempos de estraperlo y la gente, que había subido en carros los compresores para perforar las rocas, tenía bien tasado el cemento que se escatimaba, porque sabían cuántos camiones daban la vuelta sin descargar. La sentencia del Supremo exculpó de responsabilidad penal a Hidroeléctrica Moncabril y atribuyó la rotura al distinto comportamiento, a muy bajas temperaturas, del cascajo de granito y del hormigón.
No tuvo en cuenta que desde su cierre el muro venía siendo un coladero de filtraciones. Y un disparate de diseño: recto y precariamente sujeto por contrafuertes. La pujante dictadura, que también sabía echar el moco, prohibió pescar truchas y puso a la tragedia el sudario de un pueblo nuevo andaluz, que incluso llegó a contar con Parador de Turismo. Hace seis años, las autoridades firmaron la cesión del edificio turístico para albergar un Centro que recupere la Memoria de aquella tragedia. Y ya no se dio ni un paso más, mientras los pocos vecinos tienen que seguir encargándose de reparar las goteras de la iglesia.