Libres ante los miedos
LOS INSTRUMENTOS emocionales de los individuos y la sociedad nos nutren para conjurar miedos, o al menos intentarlo, y ofrecer certezas, casi siempre apuntaladas. Los colores de la bandera de Francia en las luces que se proyectaban por la noche en las fachadas de los ayuntamientos de Valladolid, Salamanca y otras ciudades así lo expresaban. Un cromatismo de consuelo y, también, de homenaje.
Todos somos víctimas potenciales del terrorismo islamista radical, de esa guerra que han desatado fruto de su propia locura. Lo somos todos porque con el ISIS todavía no se ha reunido nadie para persuadirles de que declaren zona exenta de barbarie un determinado territorio… Si recuerdan, el tal Carod Rovira sí lo hizo con ETA, para que no volvieran a atentar en Cataluña ya que, al fin y al cabo, les diría, tampoco nosotros somos españoles.
La capacidad de perder la noción del valor de la vida, de las personas, tiene en el terrorismo y la guerra el ejemplo culmen y prístino. La programación de las mentes, en el caldo de cultivo de países y culturas ya radicalizadas de modo natural y habitual, convierte a un aparente joven apacible en un hombre bomba, en un suicida que pretende llegar a su ansiado paraíso dando saltos sobre los ataúdes de sus víctimas.
Las religiones son solución y son problema. Evidentemente, unas más que otras. Cuando las doctrinas espirituales avanzan en el reconocimiento del valor de la vida humana, en conexión con el respeto, incluso compasión, con quien difiere en ideas, creencias y rezos, suponen un enriquecimiento en las posibilidades de convivencia pacífica y enriquecedora en el sustento ético que debe extenderse en toda sociedad.
Cuando las creencias se enfrentan a derechos individuales y sociales básicos, cuando sitúan a una gran mayoría de una comunidad al otro lado de su corto horizonte de conductas, surgen los monstruos que genera el sueño de la razón.
La violencia es un vecino que no duerme, cercano siempre incluso a uno mismo. Ser libres es el camino.