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LAS VERGÜENZAS se lavan en casa, aunque luego se distribuya la cuelga por distintos y dispersos tendederos. Poco importa en el lavadero que los modales sean viejunos o renovados, porque al final todos acaban con la misma friega. Es la estrategia aparente de los partidos cada vez que toca renovar candidaturas. Alimenta la gresca la expectativa de unos resultados contraídos, con poco espacio para alegrías. Se estrenó Podemos con la dimisión de su secretario de Organización y procurador Pedro de Palacio, candidato a encabezar la lista al Congreso por Burgos. Una historia escabrosa de abusos ocurrida en el ámbito familiar hace trece años, cuya pena cumplió en los términos establecidos por el juez, fue desvelada por un diario digital.

Más crudo lo ha tenido Ciudadanos, el otro partido emergente, tanto en León como en Valladolid. De hecho, en Valladolid tuvo que recurrir a la expulsión de su concejal y portavoz municipal Jesús Presencio, un personaje que si no supo comportarse con la bebida, dando la nota ante la policía que le echó el alto, ha estado aún menos digno a la hora de digerir los efectos de aquella trompa, negándose a liberar su asiento en el ayuntamiento. En León, el candidato Sadat Maraña tuvo que apearse de la papeleta por un embrollo curricular, después de unos días enmarañados con dimes y diretes.

Pero la colada no sólo está siendo guarra entre los emergentes, sino que los viejunos no se quedan rezagados. Los socialistas tuvieron su calvario en Palencia, donde el aparato desalojó a Julio Villarrubia, preferido por la militancia para encabezar la papeleta provincial. Quizá donde más se nota la tensión es en el partido Popular, cuya expectativa electoral es claramente decreciente. Con varias sorpresas chirriantes. Si León por fin se sacudió al embajador volante de Génova, Alfredo Prada, y Valladolid no hizo hueco al condenado Javier León de la Riva, Rajoy en el último momento buscó acomodo en la lista de Madrid a la atleta palentina Marta Domínguez, sospechosa de dopaje.