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AUNQUE nunca he entendido eso del dolce fare niente, más allá de una tarde de sábado relajada tras una semana de frenético trabajo, este tiempo de calendario en rastrojera es propicio para ajustarnos al ritmo natural de las cosas, como si pudiéramos contemplar en cada día el paso completo y cadencioso de las cuatro estaciones anuales, y arrojar la mirada y mover las manos en cada época conforme necesidades y bendiciones.

En todo caso, mi impresión general es que el personal se sumerge en el estío festivo sin pagar la cláusula de rescisión al club de ‘el tiempo lo dirá’. No creo que nadie se extrañe si convenimos en que la mayoría de las cosas suceden por eso mismo, porque pasan y ya está. No se trata de que la familia, digamos Rodríguez, vaya a Benidorm sin haberlo decidido. Es cuestión, entiendo, de esa inercia de hacer lo que se debe hacer, lo que es más fácil, lo que todos hacen…

Que la magnitud temporal es el paisaje en el cual se van depositando los saldos vitales, positivos o negativos, es innegable. Como tampoco es incierto, desgraciadamente, que en manos del tiempo se dejan multitud de decisiones, por inactividad, procrastinadores expertos, así que, en realidad, el mero avanzar del reloj acaba siendo el centro de decisiones neurálgico.

Mala cosa ésta. Decidir no tiene vacaciones. Y evitar conformarse tampoco debería tenerlas. El tiempo de ocio nos define mejor que el laboral, salvo casos de vocaciones expresas y profundas. La mayoría de los oficios suponen un actuar por delegación, prefijado, minutado… En agosto la agenda está en blanco. Pocos hacen de ella un manual singular y estimulante. Pocos. Algunos, incluso, elaboran cuidadosamente su futuro divorcio. Demasiado roce.

Que el tiempo no diga nada, que sea espectador directo de nuestro quehacer, nuestras singulares iniciativas y nuestra singladura por el mundo. Eso sí, que el tiempo sea suficiente, incluso nos deje llegar hasta la tanda de penaltis.