Over the rainbow
ME disculparán mis amables lectores si consideran que hablo demasiado de política, pero es que vivimos un momento tan complicado como interesante en que aquélla ha dejado de ser esa especie de realidad paralela que parecía que nunca llegaba a coincidir con la vida real. Hoy, da la sensación de que –para bien o para mal– la vida contagia a la política y ésta irrumpe constantemente en la realidad cotidiana, aunque no queramos.
Por la puerta abierta de la diversidad de partidos ha entrado también la variedad de la vida, siempre tan densa y tan compleja. Veníamos de un tiempo en que, a izquierda y derecha ,se nos decía y repetía hasta el cansancio que el mundo sólo podía ser de una forma. Que no cabían ya ciertas actitudes, ciertas utopías, ciertas divergencias, ciertos modos de ser, pensar, opinar y vivir. Y estamos redescubriendo que las cosas no son ni tienen que ser necesariamente de una sola manera.
Desde hace ya casi medio siglo, la bandera arcoiris se utilizó precisamente para significar la libertad y también lo diverso. Será a finales de los años 70 cuando el movimiento LGTB que celebraría en San Francisco sus primeras demostraciones de autoafirmación llegue a identificarse con los valores simbolizados en aquélla. Ahora, la casa Blanca se ha iluminado con los colores de esa bandera como señal de sintonía con la ley –recientemente aprobada por el Tribunal Supremo de los EEUU– que consagra el derecho al matrimonio homosexual.
Y, aquí mismo, en la nueva Valladolid que sale de las últimas elecciones, se ha visto ondear por vez primera en los balcones de la Diputación y del Ayuntamiento la enseña de todas las identidades y diferencias. La cuestión que debemos plantearnos es por qué sorprende tanto que esto ocurra. Y, más allá de eso, habremos de formular la siguiente pregunta: ¿Por qué no había sucedido nunca antes? Han pasado nubes y tormentas y hoy muchas personas deben de sentir que el arco iris se ha desplegado, por fin, para ellas: “Somewhere over the rainbow/ way up high...”