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LA CRISIS mordió servicios sociales y ahuyentó prestaciones, pero está dejando tísica a la cultura. Conviene recordarlo en la ciudad de los museos, que hoy celebra su día de puertas abiertas. Coincidiendo con la pesadilla que rodea al de San Joaquín y Santa Ana y con el hábito de cerrar salas y mantener clausurados espacios en el Nacional de Escultura, donde el desdén wertiano se explaya con enredos onomásticos.

Creado como Museo Nacional de Escultura por la Segunda República, hace siete veranos los bautistas de Zapatero lo llamaron Museo Nacional Colegio de San Gregorio, para volver al principio hace tres inviernos, al incorporar los fondos del Museo Nacional de Reproducciones Artísticas, que se muestran en la Casa del Sol.

El Museo Nacional instalado en San Gregorio expone el tránsito esencial de la escultura renaciente, en una secuencia con ejemplos deslumbrantes, que conduce desde el equilibrio trágico de Alonso Berruguete al manierismo genial de Gregorio Fernández, pasando por el dulce reposo de Juan de Juni. Además, su recorrido muestra una exquisita colección de pintura. La fachada de San Gregorio anticipa el asombro de su patio Mayor, cuyos encuadres adornan la memoria fotográfica de todas las visitas.

Después de la inversión realizada para extender sus dominios al Palacio de Villena y a la Casa del Sol, y de la mudanza general del montaje, que ha despojado sus instalaciones del aire sacristanesco de sayos y cretonas, no tiene sentido mantener el enredo del nombre, por mucho que pueda molestar a los especialistas, siempre propensos a coger estos asuntos subalternos con papel de fumar, con tal de liarla.

Frente a la grata percepción de estos aliños, el museo conserva todas sus carencias de personal, agudizadas por los efectos de la crisis. Esa penuria conlleva el mantenimiento de espacios cerrados a las visitas, que si difícilmente puede entenderse en los días de puertas abiertas, resulta intolerable en fechas de pago, cuando se acercan los turistas.