LIBERALIA
Las Edades de Juan Antonio en la tierra del Tío Babú

Juan Antonio Fernández, su mujer Martine Pujo y sus dos hijas, Beatriz e Isabel, a la sombra del torreón en la bodega de Toro
La foto de familia aglutina todos los activos de la bodega Liberalia. Ahí están Juan Antonio Fernández, bajo su sombrero, que es el alma y artífice del proyecto; Martine Pujo, su mujer, la parisina que se inspiró en la Casa Chanel para la imagen de los vinos; y la segunda generación, sus dos hijas: Isabel, la profesora de geografía e historia que aporta a la bodega musicalidad como DJ emergente, a la que conocemos como “Champú azul” y a quien le debemos el nombre ya icónico de la bodega, y Bea “Liberalia”.
Beatriz es la llave y la clave. La CEO y la currante. Es la cara en los mercados, en la exportación, en el enoturismo y en las catas y este año recibe una dosis de ánimo familiar y anuncia una divertida agenda de actividades. Bea lleva vendimiando un cuarto de siglo y sorteando las añadas, no todas tan excelentes. En esta, El Torreón que está su espalda en la foto será el envase de la gran exposición de cuadros y obras de su padre. Un torreón que vi construir desde la primera piedra y del que escuché que el balcón y la torre eran para ver las estrellas.
Nunca he sabido si son las estrellas las que bajan cada noche al torreón para encender las chispas de la imaginación a los vinos de Liberalia. Pocos recuerdan al tipo de la pajarita cuando fue director general y logró ordenar las artesanías alimentarias en Castilla y León. Lo hizo bien. Lo cierto es que podría haber ordenado muchas cosas, pues el zamorano e ingeniero agrónomo Juan Antonio Fernández es lo más parecido a un personaje salido del Renacimiento. Hace a todo. Y bien. Poda y vendimia, fermenta y cría vinos.
Pinta, toca el violín y ha protagonizado multitud de acciones culturales, benéficas casi siempre, que van desde la música clásica y la lírica, a exposiciones artísticas, coloquios y conciertos para asnos y para perros ante el asombro y alucine del personal, pues cánidos y équidos parecían entender las partituras por su compostura y silencio. Mejor que el público. Y las etiquetas de sus vinos son todo un florilegio de alusiones a los grandes de la música universal. Beethoven, Mozart, El Greco, Haendel o Cobos entre otros pintores, escritores, filósofos y artistas, coincidiendo siempre con efemérides y aniversarios. Todos han pisado y posado en la bodega de Juan Antonio, al que sus amigos -entre los que se encuentra un servidor que además es ferviente admirador- conocemos cariñosamente como “Liberario” y el “pajarita”, que alude a su elegante estampa y a su indumentaria impecable luciendo esa corbatilla con alas que le da ese aire parisino y bohemio. Una pajarita inspiradora que tiene su vino propio, un verdejo sobre lías, sin olvidar que también una inspiración unamuniana lleva al genial bodeguero a entrar en el mundo de la papiroflexia.
Podríamos asegurar que sus vinos rosados, tintos, dulces, blancos, crianzas, espumosos y varietales, en definitiva toda su gama de “Liberalias”, son coupages de corcheas y taninos escritos con acuarelas de colores. Y todo desde Toro. En esa bodega cuyos tintos envejecen y se crían con música clásica. De ahí que los diez vinos tintos de la bodega, además del dulce y el Ariadna, no solo saben bien, suenan mejor. Han pasado más de 25 vendimias desde que en el inicio del siglo XXI Juan Antonio invirtió su afición, su compromiso con la tierra y toda su capacidad para sorprender. No olvido los conciertos de flamenco, muy apreciados en la tierra del Tío Babú, ese canto de bodas cuya melodía cantamos con aflicción los amantes del vino zamorano y cermeño. Un cuarto de siglo que bien puede titularse como las “edades” de Juan Antonio. Una bodega para visitar.