FÚTBOL
Escribá, prisionero de sus ideas fijas
De los 29 cambios que ha realizado Escribá esta temporada en el Real Valladolid 22 son hombre por hombre, todos más allá del 60 y después de que el rival ya haya realizado sustituciones

Escribá en la banda ante el Andorra.
Hay entrenadores a los que parece sonarles una alarma cuando el partido alcanza el minuto 60. No antes. No cuando el equipo lleva media hora transmitiendo señales preocupantes, ni cuando el rival ha encontrado una grieta que exige una respuesta desde el banquillo. En el caso de Fran Escribá, esa alarma parece estar programada: minuto 60 y toca cambiar. Una especie de reloj interno que marca el momento de intervenir, como si antes de esa hora el partido todavía tuviera que resolverse solo.
En las seis primeras jornadas, los números dibujan bastante bien esa tendencia: Escribá ha realizado 29 cambios en total y 22 han sido hombre por hombre. Ninguno llegó antes que los del rival. Es decir, siempre ha reaccionado después y, además, casi siempre lo ha hecho sustituyendo una pieza por otra del mismo perfil. No hay demasiada huella del entrenador durante el partido, de ese técnico que ve que algo no funciona y mueve el árbol antes de que sea demasiado tarde. Los cambios de Escribá tienen algo de Excel: una pieza sale, otra entra y el dibujo apenas se altera. Refresca el equipo, pero rara vez cambia el partido.
Y cada vez quedan menos entrenadores de los que entienden el banquillo como una herramienta de intervención inmediata. Pero los hay: Mendilibar o Bordalás, por ejemplo, han demostrado en distintos momentos que si ven algo que no funciona no necesitan esperar al minuto 60. Pueden tocar dos, tres o cuatro piezas al descanso. Pueden cambiar el dibujo. Pueden intentar otra cosa. Porque a veces el partido no espera a que llegue la hora marcada en el reloj.
Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿por qué? ¿Por qué Escribá no encuentra motivos para intervenir antes? ¿Es que no confía en lo que tiene en el banquillo? ¿Es que realmente considera que las alternativas no mejoran lo que hay sobre el césped? ¿O es, sencillamente, su manera de entender los partidos? Porque también puede haber una explicación relacionada con la plantilla. Quizá Escribá no encuentra demasiadas alternativas que le inviten a romper con lo que ha planteado de inicio. Pero, si esa es la razón, las seis primeras jornadas tampoco ofrecen demasiados argumentos para pensar que haya explorado todas sus posibilidades. Barberá apenas ha jugado 12 minutos; Dani Pérez disputó poco más de 20 antes de lesionarse; Homam todavía no ha debutado; Tay Abed tuvo 55 minutos en un partido y después desapareció; Dani Martín tampoco se ha estrenado y Trilli no ha tenido un solo minuto. Si no hay mimbres, la pregunta es por qué apenas se utilizan los que hay; y si los hay, la pregunta es por qué no se confía en ellos.
Porque tampoco parece haber encontrado todavía una base. Seis jornadas después, Escribá sigue buscando qué hacer, qué encaja y con quién. Cambia nombres en prácticamente todas las alineaciones, prueba combinaciones y modifica piezas de una semana para otra. Van Duiven arriba, después Latasa; Arnu con un rol u otro; Chacón o Víctor en posiciones de banda, que no son exactamente las suyas. En los extremos, además, la falta de especialistas obliga a buscar soluciones constantemente. Todo apunta a que el entrenador todavía está construyendo el equipo mientras compite con él.
Y ahí está una de las claves de este inicio. La plantilla parece haberse conformado en una línea y el entrenador la está utilizando en otra. Hay una plantilla mejor, eso parece evidente, pero tener mejores piezas no significa necesariamente tener un equipo hecho. Y ahí el entrenador también tiene que adaptarse. El fútbol no consiste únicamente en colocar a los jugadores en las posiciones que, sobre el papel, parecen más naturales; consiste también en encontrar la manera de sacar rendimiento a los jugadores que tienes. No obstante, un entrenador tiene que ser capaz de adaptarse a su plantilla y a los contextos, y Escribá está demostrando todo lo contrario.
La contradicción es que cambia mucho antes de los partidos y muy poco durante ellos. Puede modificar media alineación de una jornada a otra, pero cuando el balón empieza a rodar parece esperar a que el encuentro llegue a ese punto exacto en el que suena la alarma. Y entonces cambia. Casi siempre uno por uno. Casi siempre después que el rival. Como si el partido tuviera sus propios tiempos y Escribá prefiriera respetarlos antes que intentar romperlos.