Más que puntería
Lejos del análisis simple de la ‘efectividad’, el Pucela mejoró en Huesca gracias a su cohesión entre líneas, el buen trabajo doble de la medular y un ataque organizado con Chuki de líder

Chuki celebra su gol al Huesca junto a Federico.
«No creo que hayamos sido más ni menos que en los anteriores partidos. Tuvimos efectividad y eso es determinante». Las declaraciones de Almada tras la goleada al Huesca fueron una zancadilla a la victoria. O bien el técnico sigue sin entender lo que le pasa a su equipo, o bien continúa empeñado en pasar la patata caliente a sus jugadores con la excusa de la efectividad, saco sin fondo en el que cabe todo, sin ver que lo que hubo fueron situaciones más claras de tiro gracias al trabajo colectivo, con y sin balón.
Es imposible curar al enfermo si no se diagnostica su mal. Podrá tener mejorías, pero recaerá. Achacar la goleada a la puntería y la suerte es un argumento tan simple como sesgado. En El Alcoraz pasaron muchas más cosas. Y sí, la fortuna influyó, cómo no. Pero a la larga jamás explica trayectorias. Las excusa.
CONTROL EN LA MEDULAR. El Real Valladolid jugó mucho más junto ante el Huesca, que apenas pudo transitar por el centro del campo con más de tres pases seguidos. Era territorio pucelano, con la defensa en bloque medio y el ataque descolgándose para ayudar, pero sin olvidar la presión arriba. El triángulo formado por Juric, Ponceau y Chuki dio seguridad, equilibrio y carácter al equipo: corte, distribución y llegada ordenada a portería.
El partido del francés no fue muy alabado al no ser vistoso, pero su labor fue fundamental. Dio bien 32 de 36 pases (89% de efectividad). Sus cuatro fallos fueron en campo rival (15 de 19), porque en el propio, donde se puede generar peligro en su portería, dio bien los 17, entre ellos, dos en largo. Una estadística sobresaliente.
El Pucela no fue en El Alcoraz ese equipo largo e incluso con mucha distancia entre jugadores de la misma línea al que un pase en profundidad del rival le genera un mano a mano con Guilherme. El Huesca era parado en el centro, por medio de robos o con faltas tácticas que le impidieron elaborar. Su peligro llegó por los centros. En los dos primeros, nada más comenzar el partido, hubo suerte de que no marcase en boca de gol. Después, no. Guilherme paró dos tiros lejanos aunque peligrosos y el tanto en contra llegó por un doble fallo en un balón tocado de cabeza. Nadie se presentó ante el meta portugués en un mano a mano.
CHUKI Y EL ATAQUE. Una de la primeras labores de un entrenador reside en discernir cuáles son los mejores jugadores. No en términos absolutos, porque el fútbol no son matemáticas, pero sí para su idea de juego, aunque hay nombres que son obligados esté quien esté en el banquillo. En el caso blanquivioleta se hace difícil prescindir de Chuki, por la sencilla razón de que nadie más en el equipo es capaz de hacer lo que él: robar, subir en velocidad controlando el balón, regatear y elegir con mayor porcentaje de eficacia que el resto la mejor opción, sea para el pase o el tiro. Sabe además moverse sin balón, como hizo en Huesca el mismo ataque que, en los partidos anteriores, era tan hierático esperando la bola al pie que parecía de futbolín.
Es cierto que el canterano está despistado con el lío de su renovación y las presiones que sufre. Ha habido partidos en los que apenas se le ha visto, pero bien dirigido y motivado es un arma diferencial. Y no es normal que el mejor -junto a Federico, mucho más eficaz por la izquierda y gracias a su ayuda- jugase de inicio porque Lachuer tenía gripe. Chuki ha sido titular seis veces y en tres de ellas se ganó. Esta cifra supone la mitad de las victorias del equipo. En dos se empató y sólo en una se perdió.
Achacar la victoria de Huesca sólo a la efectividad es como decir que las manzanas se caen del árbol, obviando que es por la ley de la gravedad. Al Real Valladolid le hace falta un Newton en el banquillo que sepa por qué ocurren las cosas, no un especialista en perogrulladas.