Diario de Valladolid

De banda a familia

El cambio total del club al potenciar a los jugadores vallisoletanos y canteranos, con la retirada de los elementos ‘tóxicos’, ha saneado un vestuario opuesto al 24-25

Los jugadores del Real Valladolid celebran su triunfo en Castellón con los utileros Álvaro y Justo, y el doctor Alberto López.

Los jugadores del Real Valladolid celebran su triunfo en Castellón con los utileros Álvaro y Justo, y el doctor Alberto López.REAL VALLADOLID

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La Segunda División no supone bajar un escalón respecto a la Primera, sino descender una planta entera. Lo que en la categoría de plata se perdona de cara la portería, en la de oro supone la ejecución automática y sin derecho a juicio.

También es cierto que las victorias funcionan como antídoto ante cualquier intento de envenenamiento; las derrotas suponen aumentar la dosis de la ponzoña.

Valgan estos dos comentarios para poner en contexto el radical cambio que ha experimentado el vestuario del Real Valladolid respecto al de la temporada pasada. No parece que hayan pasado meses, sino siglos, ante la exhaustiva limpieza mental que ha experimentado un recinto acostumbrado a enhebrar derrotas como si fuesen las cuentas de un rosario, sin darle trascendencia.

De albergar varios grupos enfrentados entre sí, a los que les importaba una higa el escudo que defendían, se ha pasado a un grupo compacto en el que los llegados del filial han aportado frescura y los vallisoletanos (algunos también en el apartado anterior), amor e implicación con los colores.

La desaparición de los elementos tóxicos que dominaron el recinto en la última Liga del ridículo ha sido vital. Sin Kenedy, Luis Pérez y el semiarrepentido Machis se vive mejor.

Ahora el Real Valladolid es un grupo solidario y unido que ha superado su primera tormenta: el mosqueo de algunos jugadores, en especial veteranos, cuando Almada repitió prácticamente la misma alineación en los cuatro primeros amistosos. Sobre la cabeza de algún futbolista planeó la idea de vivir un año en el banquillo, pero las reformas posteriores del once han despejado los nubarrones.

Por supuesto, la felicidad nunca es eterna ni completa. Llegarán las derrotas, las suplencias continuadas y la impresión para algún jugador de que el míster no hace justicia con él. Nada nuevo en el fútbol.

La ventaja esta temporada es que hay unos dirigentes que se enteran de los que ocurre abajo y un entrenador que lo vive en primera persona y posee la dosis suficiente de autoridad como para mitigar las crisis. Está en las antípodas del papel de reina madre que desempeñó Rubio.

Este buen rollo, ayudado por tanta presencia canterana y pucelana, arrastra al resto del equipo a pelear hasta la extenuación, como se ha visto en estos dos primeros episodios ligueros. Esto, más las directrices del entrenador de jugar juntos, ser solidarios, luchar cada balón, el acierto táctico (aunque con los vaivenes propios de los inicios) y un nivel de exigencia innegociable. Una amalgama que se digiere mejor a base de victorias. Habrá que ver si el pegamento aguanta cuando lleguen los malos tiempos, que llegarán.

Pero por ahora el Pucela puede presumir de éxito. Y de cantera, aunque sea por hacer de la necesidad virtud a causa de sus limitaciones económicas. Barcelona y Celta, entre otros, se agarraron por falta de dinero a sus categorías inferiores y su apuesta ha sido ganadora.

En Zorrilla la afición puede presumir de ver en el once inicial de sus dos primeros partidos a tres vallisoletanos: Alejo, Torres y Chuki, a los que hay que añadir al canterano Amath. Un hecho que no se daba en décadas y que debe marcar el camino de un club obligado a mirar hacia dentro si no quiere perder sus señas de identidad. Si por dinero no puede traer jugadores que marquen diferencias, al menos debe contar con los que pongan el corazón en el campo. Aunque su calidad sea algo menor, formarán una familia y no una banda.

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