Diario de Valladolid
Publicado por
Arturo Alvarado
Valladolid

Creado:

Actualizado:

El partido puede observarse bajo dos prismas. El estándar refleja un juego de calidad infame en el que ningún equipo supo enhebrar tres pases seguidos con sentido y verticalidad. Un muermo elevado a la máxima potencia. El balón quemaba y el miedo campaba a sus anchas. No hubo orden táctico, ni frialdad para analizar lo que el encuentro pedía en cada momento, ni capacidad para ejecutar una simple contra de dos para dos. Si un esquimal aterriza ayer en Zorrilla, se vuelve de cabeza a las carreras de kayaks.

Pero si elegimos el prisma de los antecedentes, vemos otra cosa. El Real Valladolid no procede del suelo sino del inframundo. De esa zona abisal de obscuridad absoluta que cada año regala unas cuantas especies nuevas. En este caso; sólo, única y exclusivamente en este caso, hablaríamos de un encuentro digno. Porque el Real Valladolid, aleluya, unamos nuestras manos y miremos al cielo, compitió. Por fin. De una puñetera vez compitió.

Las ganas de disputar cada balón, de ayudar al compañero, de no perder el dibujo táctico, sobrecogían hasta el punto de emocionar. Sí, ya se lo que piensa, que cómo puede emocionarse alguien cuyo hijo saca un 2 en el examen. Pues porque lleva muchos ceros seguidos. No hay otra.

El Real Valladolid quiso y ese ejercicio de voluntad lleva aparejado un punto que puede ser hoy el de la tranquilidad, o al menos el que permita afrontar el choque frente al Elche sin el desfibrilador en la maleta de viaje. Resulta menos lacerante para el espectador que el mal juego se vea acompañado por la entrega absoluta hasta donde el cuerpo y la falta de automatismos aguanten. Pese a esto, no se ahorró la pitada final.

Causas objetivas existen para el silbido. El planteamiento de Alberto estaba más encaminado a la defensa que al ataque, a impedir que el Girona destrozase la endeble estructura pucelana, que a desarbolar su nave. Un equipo en forma quizá piense en golpear. Otro tumefacto y sonado, en no besar la lona y aguantar hasta el combate nulo. El 4-4-2 tenía como misión tapar las salidas de balón gerundenses e impedir sus entradas por las bandas. A cambio, Alberto renunció al ataque más que como elemento sorpresa. Sacrificó los extremos puros por dos jugadores de interior (Tiba y Del Moral), con lo que cercenó la posibilidad de hacer daño por banda. Todo se confiaba a los balones interiores a Roger y Villar, pareja de delanteros, o a servicios en diagonal que nunca fructificaron pese al ensayo en la víspera. Un planteamiento suicida en ataque. Pero en lo que pensaba el míster era en que no le pintasen la cara.

Atrás el equipo estuvo cómodo. Curioso lo de Silva. Debuta con Alberto y la defensa se queda a cero, siendo la línea más solvente del equipo.Menos mal que el irunés tenía estudiado al Valladolid antes de llegar. En cinco partidos han jugado cuatro centrales y su primera guardia de corps, sus conocidos Samuel y Guzmán, ya no van ni convocados.

La permanencia parece que llegará por el procedimiento del goteo. Mientras, hay que ver qué cabrito es el fútbol. Te obliga a celebrar un 2 como si fuese un sobresaliente.

tracking