Publicado por
Arturo Alvarado
Valladolid

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España es tierra de granujas, tramposos, pillos, tunantes, trileros, tahúres y mangantes. Sólo un país así podría alumbrar un género literario con tanto éxito popular como calidad en su prosa: la novela picaresca.

Somos una sociedad de enfermos de honestidad. Si su índice tiene asterisco en los análisis morales, da igual. Aquí a los que robaban radiocasettes de coche se les llamaba pillos y a los que levantaban carteras en las colas, descuideros. Como si la culpa fuese del dueño, que no la llevaba con cadena.

El fútbol no se sustrae al fraude. Cada país juega como es, excepto Italia, capaz de alumbrar a Leonardo, Miguel Ángel o Brunelleschi, y de salir al campo como Corea del Norte.

Uno de esos pilares del fraude no es económico, aunque al final se pague la entrada por ver menos minutos de juego. Es de simple cultura deportiva. Cada vez lo vemos con más frecuencia en los campos. Cada vez cuenta con menos castigo. Y cada vez horada con mayor fuerza la grieta de la justicia.

Son las simulaciones de lesiones.

Llevamos años viéndolas y admitiéndolas como una garrapata adosada al fútbol, pero tras la visita del Almería me he hartado. No puedo más con esta mentira reiterada, fraude al espectador y muestra de pésimo compañerismo, que juega con la amonestación o la expulsión de un compañero de profesión. El objetivo a cualquier precio.

En ninguna de las grandes Ligas europeas (América no es otro continente en este particular, sino otro universo) he visto con tamaña frecuencia que a un jugador le toquen levemente en una parte del cuerpo y se tire al suelo tocándose otra entre aspavientos, gritando como si le hubiesen sacado las tripas y haciendo la croqueta varios minutos. Todo para perder tiempo y/o cobrarse una falta.

Creo que cuando estos especialistas, porque los hay, se vean en televisión, se sentirán gilipollas. O no. Quizá piensen que lo son los jugadores de antaño, de blanco y negro, que aguantaban con estoicismo las tarascadas y no se quejaban ni cuando sangraban por la frente al rematar el balón por la zona de la costura. Y no puedo evitar pensar en Quincoces jugando en el mismo equipo con el almeriense Morcillo, levantándolo por los huevos la primera vez que se tirara. Aunque Morcillo en la puñetera vida podría jugar con Quincoces. Y no por edad.

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Este problema que ni los árbitros, ni los entrenadores, ni los propios jugadores son capaces de atajar, se soluciona a medio y largo plazo con educación deportiva. La que ya impera en otras disciplinas. Pero no podemos esperar tanto. A corto plazo, los piscinazos deben tener sanción. Claro que para eso hace falta un monitor de televisión a pie de campo. Y vivimos en el tiempo de la picaresca. El siglo XVI.